Inteligencia artificial: cinco expertos explican cómo cambia la sociedad
Mientras los líderes de las principales compañías tecnológicas comienzan a advertir sobre los riesgos de una inteligencia artificial demasiado poderosa, cinco especialistas entrevistados por Política Argentina plantearon otra discusión: qué está haciendo la tecnología con nuestras sociedades ahora.
La discusión sobre los peligros de la inteligencia artificial dio un giro inesperado. Dario Amodei, CEO de Anthropic, reclamó desacelerar el desarrollo de los modelos más avanzados y Sam Altman, Elon Musk y Demis Hassabis coincidieron, con distintos matices, en la necesidad de establecer mayores mecanismos de seguridad y supervisión.
El debate volvió a colocar en primer plano una pregunta inquietante: qué podría ocurrir si los sistemas de inteligencia artificial se vuelven demasiado poderosos para ser controlados. Pero existe otra pregunta, quizás menos espectacular y mucho más inmediata: ¿qué está haciendo la tecnología con nuestras sociedades antes de llegar a ese punto?
No sostienen exactamente lo mismo ni estudian el mismo problema. Pero, leídas en conjunto, las cinco entrevistas dibujan un interrogante común: qué sucede cuando una parte cada vez mayor de la economía, la información, los vínculos y la conversación democrática depende de infraestructuras tecnológicas controladas por unas pocas compañías.
Cecilia Rikap: la IA no necesariamente significa desarrollo
Una de las promesas más repetidas alrededor de la inteligencia artificial sostiene que los países que consigan atraer inversiones, centros de datos y empresas tecnológicas podrán subirse a una nueva revolución productiva.
Cecilia Rikap cuestionó directamente esa idea. Economista, investigadora del CONICET y especialista en capitalismo digital, Rikap explicó en abril a Política Argentina que la instalación de infraestructura tecnológica no implica necesariamente transferencia de conocimiento ni desarrollo autónomo.
"La idea de que la inteligencia artificial va a traer desarrollo es completamente equivocada", planteó.
Su argumento parte de lo que denomina "dependencia digital". Las grandes empresas tecnológicas no solamente concentran capital: también poseen infraestructuras, nubes, algoritmos, datos y conocimiento que otras empresas, universidades y Estados necesitan para desarrollar sus propias tecnologías.
El resultado puede ser paradójico. Un país puede formar programadores, atraer inversiones e incluso producir conocimiento local y, al mismo tiempo, profundizar su dependencia de las compañías que controlan las plataformas sobre las que funciona ese ecosistema.
Rikap puso el foco especialmente en la Argentina y cuestionó la estrategia de Javier Milei de presentar al país como un futuro polo global de inteligencia artificial.
Según explicó, el país efectivamente desarrolló capacidades importantes en software, pero las capacidades científicas necesarias para producir tecnología de frontera se encuentran principalmente en universidades y organismos como el CONICET, precisamente instituciones afectadas por las políticas de ajuste del Gobierno.
Pero su crítica va más allá de Milei. También advirtió sobre lo que considera una "carrera casi ciega por la inteligencia artificial" entre gobiernos de distinto signo político. Para Rikap, el problema no consiste solamente en quién desarrolla IA, sino qué tecnología se produce, quién controla el conocimiento generado y quién termina apropiándose de sus beneficios.
Matías Bianchi: cuando las plataformas acumulan poder político
Si Rikap observa quién controla la infraestructura y el conocimiento, Matías Bianchi coloca el foco en las consecuencias políticas de esa concentración.
Politólogo, director de Asuntos del Sur y autor de "Estado o algoritmo", Bianchi sostuvo en diálogo con Política Argentina que las plataformas digitales dejaron de funcionar simplemente como empresas tecnológicas para convertirse en actores con una extraordinaria capacidad de intervenir sobre la vida pública.
"Este modelo tecno-feudal, para poder tener éxito, necesita destruir comunidad", afirmó.
Su argumento está vinculado al modelo económico que domina las redes sociales. Las plataformas necesitan que los usuarios permanezcan conectados porque su negocio depende, entre otras cosas, de captar datos y atención. Y descubrieron que determinados contenidos - conflictivos, emocionales, polarizantes - pueden generar más interacción.
"Cuanto más enojado estás, estás más enganchado", sintetizó Bianchi. El problema deja entonces de ser solamente tecnológico.
La arquitectura diseñada para maximizar permanencia e interacción puede terminar favoreciendo sociedades más fragmentadas, con ciudadanos aislados y enfrentados. Y las compañías que administran esos espacios acumulan simultáneamente recursos económicos, información y capacidad para influir sobre gobiernos y debates públicos. Para Bianchi, la discusión central es democrática: cómo reconstruir capacidad colectiva frente a actores privados cuyo poder ya no puede entenderse únicamente en términos empresariales.
Victoria O'Donnell: estar hiperconectados y sentirse solos
Hay otra dimensión menos visible de la transformación tecnológica: los vínculos. Victoria O'Donnell, socióloga y autora de "Mosaicos: nuevas formas de la soledad en el siglo XXI", explicó a Política Argentina que la soledad contemporánea no puede reducirse a una falla individual.
"La soledad no es una falla individual: es un hecho social", sostuvo.
O'Donnell parte de una aparente contradicción del presente: nunca existieron tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, la soledad se convirtió en un problema global de salud pública.
La clave está en distinguir estar solo de sentirse solo. Una persona puede vivir rodeada de gente, interactuar constantemente a través de plataformas y recibir decenas de mensajes o notificaciones y, sin embargo, carecer de vínculos de confianza, espacios de pertenencia o personas a quienes recurrir.
Para O'Donnell, las nuevas formas de soledad no pueden explicarse exclusivamente por la tecnología. Intervienen la organización de las ciudades, las desigualdades sociales, el género, las condiciones laborales y el debilitamiento de instituciones y espacios comunitarios.
Pero la tecnología atraviesa ese proceso. La paradoja es significativa: las plataformas prometieron conectar al mundo mientras nuestras sociedades empezaban a discutir una epidemia de desconexión.
Tomás Balmaceda: el algoritmo rompió el mundo común
Tomás Balmaceda lleva ese problema al terreno de la información. Filósofo, profesor y coautor de "Los últimos humanos", Balmaceda explicó a Política Argentina que las primeras redes sociales llegaron acompañadas por la promesa de convertirse en una nueva plaza pública: un lugar donde cualquier persona pudiera hablar y escuchar a los demás.
La introducción masiva de algoritmos de recomendación modificó esa lógica. "Las recomendaciones algorítmicas degradaron la conversación pública", sostuvo.
El cambio parece pequeño pero es estructural. Antes, el usuario elegía a quién seguir y recibía principalmente el contenido producido por esas personas. Ahora, plataformas como TikTok, Instagram o X deciden crecientemente qué mostrar a partir de sistemas que predicen qué contenido conseguirá mantenerlo interesado.
Y la interacción se convirtió en una de las principales señales utilizadas para alimentar esas recomendaciones. El resultado, según Balmaceda, es que contenidos polémicos, extremos o polarizantes pueden obtener una ventaja sobre otros que producen menos reacción.
Pero aparece además un segundo problema: cada usuario recibe una combinación diferente de información. "Empieza a aparecer una degradación del mundo común", explicó.
La expresión apunta a un problema profundamente político. Una democracia necesita desacuerdos, pero también necesita algún terreno compartido sobre el cual discutir. Si cada ciudadano recibe una realidad personalizada por sistemas opacos, ese espacio común empieza a fragmentarse. Balmaceda utiliza la imagen de un archipiélago: ya no existe necesariamente una única conversación pública sino múltiples "islas" construidas por algoritmos de recomendación.
Valeria Di Croce: cuando el algoritmo entra en la política
Valeria Di Croce conecta esa transformación tecnológica con un fenómeno político concreto: el crecimiento de las nuevas derechas y, particularmente, el dispositivo político construido alrededor de Javier Milei.
Periodista, investigadora y autora de "El arca de Milei", Di Croce sostuvo en febrero ante Política Argentina que una de las características del Gobierno es la producción permanente de caos. "Lo que caracteriza a Milei es generar caos", afirmó.
Pero para Di Croce ese caos no circula solamente desde el sistema político tradicional. Existe un "ecosistema mediático digital" en el que interactúan funcionarios, dirigentes, streamings, nuevos medios, redes sociales, algoritmos y medios tradicionales.
Una declaración extrema puede originarse en una plataforma, multiplicarse mediante redes sociales, convertirse en tendencia y terminar ocupando horas de televisión, radio y portales de noticias. El resultado, según su análisis, es una conversación pública concentrada permanentemente en el último conflicto.
"Uno termina discutiendo las barbaridades que dice el Presidente, sus diputados o personas referenciadas con el círculo íntimo" y deja de discutir cuestiones estructurales, señaló. Di Croce incorporó además otra dimensión: la relación política del Gobierno con el nuevo poder tecnológico.
En su análisis aparecen empresarios argentinos vinculados al mundo digital, Silicon Valley, los grandes empresarios tecnológicos estadounidenses, los centros de datos y la demanda de minerales críticos. La transformación digital, desde esta perspectiva, ya no es simplemente el escenario donde ocurre la política. Empieza a formar parte de la estructura del poder político.
Cinco miradas sobre un mismo cambio
Las cinco entrevistas parten de disciplinas y problemas diferentes. Rikap pregunta quién posee el conocimiento. Bianchi, quién acumula el poder. O'Donnell, qué ocurre con nuestros vínculos. Balmaceda, quién organiza la información que vemos. Di Croce, cómo esa nueva infraestructura interactúa con el poder político.
Leídas juntas permiten reconstruir una cadena. Un reducido grupo de empresas controla una parte creciente de la infraestructura digital y del conocimiento tecnológico. Esas mismas plataformas necesitan capturar nuestra atención y nuestros datos. Los algoritmos seleccionan la información que consumimos y pueden favorecer contenidos capaces de generar mayores niveles de interacción. La conversación pública se fragmenta. Los vínculos comunitarios se debilitan. Y esa infraestructura se convierte, al mismo tiempo, en un terreno decisivo para disputar poder político.
La inteligencia artificial acelera muchas de esas transformaciones, pero no las creó desde cero. Por eso la discusión que comienza ahora en Silicon Valley sobre la posibilidad de frenar el desarrollo de sistemas cada vez más poderosos es apenas una parte del problema.
El riesgo no está solamente en el futuro
Las advertencias de los propios líderes tecnológicos colocaron nuevamente en agenda escenarios extremos: sistemas capaces de actuar autónomamente, realizar ciberataques o desarrollar capacidades que sus propios creadores no puedan controlar.
Es una discusión necesaria. Pero las entrevistas realizadas por Política Argentina durante los últimos meses muestran otra dimensión: no todos los riesgos necesitan esperar la llegada de una hipotética superinteligencia.
La concentración del conocimiento existe. La dependencia tecnológica existe. Los algoritmos ya deciden buena parte de la información que vemos. La fragmentación de la conversación pública ocurre en el presente. Las plataformas acumularon un enorme poder económico y político. Y nuestras sociedades discuten simultáneamente cómo reconstruir vínculos y espacios comunes.
La pregunta, entonces, no es solamente qué ocurrirá si algún día la inteligencia artificial se vuelve demasiado poderosa. También es cuánto poder estamos dispuestos a entregar mientras esperamos descubrirlo.