El director del Hemisferio Occidental del organismo, Nigel Chalk, sostuvo que el conflicto está teniendo “importantes ramificaciones” en la región y que los países productores de petróleo —entre ellos Argentina— se benefician por el encarecimiento de la energía. Este fenómeno responde a un cambio estructural: el país pasó a posicionarse como exportador neto, lo que le permite capturar parte de la renta energética en un contexto global volátil.
Pero lejos de un escenario virtuoso, el propio FMI advierte que este shock externo también presiona sobre los precios internos. El aumento de los costos energéticos impacta en toda la cadena productiva y empuja la inflación en toda América, sin excepciones.
En paralelo, el organismo recortó sus proyecciones para la economía argentina: estimó un crecimiento del 3,5% para este año, medio punto por debajo de lo previsto anteriormente. Aun así, la ubicó entre las economías de mayor expansión de la región, en un contexto internacional atravesado por la incertidumbre y la volatilidad financiera.
De acuerdo a una nota de Ámbito, el dato más inquietante aparece en el frente inflacionario. El FMI proyecta que Argentina seguirá entre los países con mayor suba de precios en 2026, con registros que la ubican entre los más altos de Sudamérica. Así, el “beneficio” por el alza del petróleo convive con un deterioro del poder adquisitivo y un escenario que obliga a sostener políticas monetarias restrictivas.
El diagnóstico expone una contradicción central: mientras el Gobierno celebra las oportunidades del nuevo mapa energético, el propio Fondo advierte que la guerra redefine el escenario global con más inflación, menor crecimiento y mayor fragilidad financiera. Un equilibrio inestable donde cualquier ventaja puede diluirse rápidamente.