19.04.2026 / Entrevista PA

Martín Schapiro: “Trump no es una anomalía: expresa una crisis más profunda en Estados Unidos”

El analista Martín Schapiro examina el giro de la política exterior estadounidense, donde la coerción económica y militar gana centralidad, y advierte sobre un intento de reconfigurar el vínculo con América Latina en función de los intereses de Washington.




Martín Schapiro es abogado especializado en relaciones internacionales. Es columnista de temas internacionales en Cenital y en el programa Un Mundo de Sensaciones de Futurock.

En esta entrevista con Política Argentina, analiza la estrategia de Donald Trump en América Latina, el uso de sanciones económicas y presión militar como herramientas de disciplinamiento, y los casos de Venezuela y Cuba como escenarios clave de esa política. Además, propone leer a Trump no solo como una anomalía, sino como la expresión de transformaciones más profundas en Estados Unidos y en el orden internacional.

¿Cuál es el eje central de la estrategia de Donald Trump para América Latina?

Cuando uno piensa la lógica de la administración Trump para América Latina, hay dos elementos que hay que considerar. Uno tiene que ver con la estrategia continental específica plasmada en la Directiva de Seguridad Nacional Oficial de los Estados Unidos para esta administración. Es un documento que cambia con las administraciones y que muestra un enfoque de priorizaciones y despriorizaciones de cada administración. En la mirada de esta administración hay una priorización del continente como un área primaria de involucramiento de los Estados Unidos vinculada tanto a la presencia de otras potencias y la idea de negar influencia a otras potencias extra regionales en el continente que lo emparenta con la vieja doctrina Monroe. Por eso hablan de la "doctrina Donrow" o el corolario Trump a la doctrina Monroe.

¿En qué consiste esa doctrina?

Junto con la preocupación por la influencia de potencias extra regionales, particularmente China, en un área de cercanía geográfica a los Estados Unidos, hay miradas por algunas cuestiones centrales: migraciones, crimen organizado y recursos naturales, por ejemplo, en las cuales los Estados Unidos quieren tener un control. Después hay una mirada también de buscar afinidades políticas. El documento dice que eso no es un obstáculo para que se puedan hacer acuerdos de otro tipo, pero que los Estados Unidos tratarán de buscar gobiernos, administraciones, miradas, afines en la región para sus asociaciones. Hay una priorización del continente como un área de influencia de los Estados Unidos. Y junto con eso me parece que hay una lógica que excede al continente, pero en la que el continente está priorizado, que tiene que ver con el disciplinamiento de actores, gobiernos, etc. y acciones de los Estados en función de los intereses de los Estados Unidos.

¿En qué sentido disciplinamiento?

Hay una mirada del uso de las capacidades económicas y militares de los Estados Unidos que es complementaria, que hay un continuo, no hay una diferencia sustancial cuando uno mira la aproximación de la administración Trump al uso de la coerción económica y el uso de la coerción militar, sino que persiguen objetivos similares. Cuando uno mira el modo en el cual el gobierno de Trump ha hecho uso de sanciones económicas o amenazas de sanciones económicas respecto de, por ejemplo, Brasil por motivos políticos que tenían que ver con la situación de Jair Bolsonaro; o por motivos económicos, que tenían que ver con el uso de monedas alternativas al dólar; o simplemente por el desalineamiento de ese país respecto de sus intereses. O si se mira cómo intentó utilizar las posibilidades de sanciones económicas para hacer acuerdos en posiciones ventajosas para los Estados Unidos con aliados históricos en los países de Asia, de Europa Occidental, como Japón, la Unión Europea en su momento. Esto después quedó en suspenso por una decisión de la Corte Suprema. Pero vemos intentos de disciplinamiento que no son solo respecto de potencias a las que los Estados Unidos están enfrentados. No es sólo la escenificación de un enfrentamiento particularmente con China, sino que también es un intento de remoldear el mundo más afín a los Estados Unidos de una manera que se ajuste más a los deseos de esta administración, que es una administración muy preocupada por los déficits externos, por la desindustrialización del país, por la pérdida de posiciones. Hay una mirada en la cual en las normas internacionales los países sacan ventajas indebidas de los Estados Unidos.

¿Qué tipo de ventajas?

Trump viene a decir: “bueno, tienen que gastar más en la OTAN porque si no le voy a poner aranceles”, “tienen que garantizar su propia defensa porque nosotros si no, no vamos a poner más dinero en defensa en esta región”, etc. No lo plantea como un punto sólo respecto de los países con los que está enfrentado, sino que justamente lo hace respecto a los países que valoran de un modo u otro la presencia de los Estados Unidos. Lo valoran porque tienen alianzas como la OTAN o porque es un socio comercial importante. Entonces usa esa capacidad de apalancamiento para intentar influir en los comportamientos. Así, nos encontramos, por ejemplo, con que México no le vende petróleo a Cuba porque si no tendría sancionado un comercio exterior que más del 70% depende en sus exportaciones de los Estados Unidos. Esas amenazas son un modo de moldear el comportamiento de los gobiernos. Y donde no tiene gobiernos aliados, y en la medida en que esté a su alcance, el uso de la herramienta privilegiada económica cede y aparece la herramienta militar. Estados Unidos hoy explica entre el 25 y el 40% de todo el gasto militar global. Es decir, tiene un nivel de capacidades en términos militares destructivas que no tiene paralelo de ninguna clase en el continente.

La región vuelve a ser pensada como un área de influencia directa
Martín Schapiro



¿Te referís a lo que sucedió con Venezuela?

Sí, ahí vimos el modo en el cual Estados Unidos negoció una transición de gobierno a partir del uso de la fuerza y de la captura de Nicolás Maduro en contravención a toda la normativa internacional. Ahora, lo interesante es que esa acción estadounidense no encontró ningún contrapeso activo obviamente en Venezuela, por una cuestión de asimetrías militares, pero tampoco una respuesta política de la región mancomunada y tampoco una respuesta relevante de otras potencias. Ni China, Rusia, potencias militares y económicas que compiten con los Estados Unidos tampoco contestaron este accionar estadounidense. Entonces, creo que hay un intento de establecer primacía de parte de los Estados Unidos, que en el continente (fuera del continente creo que eso tiene mayores matices) no está encontrando contestación. Tanto por el nivel de prioridad que le ponen los Estados Unidos a la acción continental, por lo menos a partir de la llegada de Trump, como por el nivel de no priorización que tiene para otras potencias y el nivel de desarticulación y fragmentación de la región. Si uno mira América del Sur, por lo menos 6 de los 10 gobiernos de la región están alineados con el gobierno de los Estados Unidos; y diría que solo 3 están en contra o presentan objeciones. El décimo es Perú que tiene sus problemas políticos internos que le impiden tener una posición consistente. Es decir, no nos encontramos con un panorama regional en el que sea fácil poner respuestas

¿Cómo evaluás la viabilidad del gobierno de Venezuela tras la intervención de Estados Unidos?

Lo que pasó en Venezuela es interesante en el sentido en el cual quienes observábamos la situación, tratábamos de analizar escenarios después del enorme despliegue naval que hicieron los Estados Unidos en el Mar Caribe, donde terminaron por bloquear el comercio petrolero venezolano en los hechos, donde había una amenaza constante de desestabilización absoluta del gobierno venezolano. No imaginábamos cómo después Estados Unidos podría intervenir sobre Venezuela y hacerse del control del gobierno. Siendo que lo que se percibía después del fraude de 2024 y de esa consolidación que había habido era una unidad entre el gobierno venezolano y las fuerzas armadas que requería, por lo menos en un escenario de intervención externa, una invasión terrestre. Algo similar a lo que estamos viendo en Irán, que no se puede desde el aire terminar con un gobierno que está cohesionado. Y la solución que encontraron los Estados Unidos para eso fue una negociación directa con toda la segunda línea del gobierno venezolano, de la cual no sabemos los detalles. Uno puede decir que muy difícilmente las figuras del gobierno venezolano estuvieran al tanto del accionar que terminó en la captura de Maduro. Pero sí podemos decir también que venía habiendo negociaciones para una transición dentro del régimen chavista hacia un esquema sin Maduro y más amigable con los Estados Unidos.

¿Qué forma tomó ese acuerdo en la práctica?

El modo en el cual esas negociaciones se terminan vehiculizando es contraintuitivo en el sentido en el que parece haber una acción unilateral de los Estados Unidos pero que no rompe las negociaciones sino que las consolida, y hoy hay una convivencia entre la administración estadounidense y sus deseos, y la administración venezolana enfocada en una recuperación económica y en un levantamiento de sanciones estadounidenses que está funcionando de manera razonablemente armónica. Esto puede llegar a tener un resultado paradójico, que sería una Venezuela que pierda soberanía, pero pueda encontrar algunas ventajas en términos económicos y de inversiones, de salida del esquema de sanciones. Una Venezuela que, hay que decirlo, ya se había abierto y desregulado en gran medida.

¿Cómo se había desregulado?

Ya había incorporado elementos de fuerte liberalización económica, de legalización del dólar como moneda de uso. Es decir, la economía chavista, la economía socialista, se había terminado hace años después de la gran crisis que provocó la migración masiva de los ciudadanos venezolanos y bajo la presión también de las sanciones. Delcy Rodríguez había sido la cabeza de ese esquema de apertura, y creo que ese esquema lógicamente funciona mejor sin sanciones estadounidenses y con apoyo de la inversión privada de un país que ya antes de la invasión explicaba gran parte de la recuperación de la producción petrolera de Venezuela. Ahora, por el otro lado, no hubo un cambio político en Venezuela. En todo caso, eso es algo que se está ensayando ahora, cuál puede ser la dirección, si es que hay una transición en el horizonte. Es interesante la aparición de la figura de Enrique Márquez, que era un ex consejero electoral, un opositor moderado, que fue apoyado por el Partido Comunista, o un sector del Partido Comunista, pero que tenía el sello en las elecciones de 2024, que fue liberado, que estuvo en el discurso del Estado de la Unión de Trump. Y el corrimiento de Corina Machado, que era una figura opositora, que llegó a ser muy popular, que llegó a acumular adhesiones populares importantes, pero que tiene una posición absolutamente intransigente. Entonces parece haber una negociación en funciones, mientras el gobierno venezolano avanza en acuerdos con los Estados Unidos que pareciera van a ser significativos.

¿Cuáles son los desafíos que enfrenta Venezuela en este contexto?

El problema principal son las necesidades enormes de inversión que tiene Venezuela para recuperar su plena producción petrolera, para recuperar su capacidad de funcionamiento y la capacidad tanto del lado del chavismo como del lado de los Estados Unidos (donde Trump no aparece afianzado en su posición, sino más bien cuestionado internamente), de garantizar estos acuerdos que se están estableciendo embrionariamente. Pero cuando uno piensa en si el gobierno venezolano se ha convertido en un títere de los Estados Unidos, si los Estados Unidos controlan Venezuela, o si, por otro lado, hay una resistencia exitosa del chavismo que se mantiene, me parece que hay un esquema de eventuales conveniencias mutuas que no requiere de esa definición sobre el carácter de este gobierno que encabeza Delcy Rodríguez y que tiene un decidido apoyo de los Estados Unidos. Y no descartaría incluso que si hay una transición democrática en Venezuela, esa transición pueda ser liderada y pueda darle una sobrevida al chavismo si es que esta idea de un crecimiento vinculado a la inversión petrolera norteamericana se llega a materializar de alguna manera.

¿Qué capacidad de resistencia tiene el gobierno de Cuba en el escenario actual?

Cuba venía con muchos problemas desde antes del anuncio del bloqueo petrolero por parte del gobierno de Donald Trump. Es muy difícil para cualquier país, no sólo para Cuba con sus problemas previos, resistir un bloqueo petrolero que te deja sin energía. Siempre pongo el mismo ejemplo: si Japón tuviera cortado su suministro de hidrocarburos estaría en enormes problemas para garantizar los servicios mínimos a su propia población. La energía es un bien extremadamente fundamental para cualquier país del mundo y, en el caso de una isla, las alternativas a un bloqueo son muy complejas. Es un bloqueo que se ejerce también con el uso de herramientas coercitivas económicas. Hablamos antes de que el primer proveedor de Cuba era Venezuela, que fue impedida de vender petróleo a la isla a partir de diciembre del año pasado. Y hoy tiene sus contratos y sus movimientos petroleros establecidos por los Estados Unidos y en el marco de los acuerdos de los que hablábamos antes. En el caso de México, aparece la amenaza de cortar el comercio exterior con aranceles prohibitivos que liquidaría a los sectores exportadores mexicanos, aunque causaría obviamente enormes daños también a los Estados Unidos.

¿Y la posibilidad de abastecerse de otros países?

Aparecen otros proveedores ya sancionados por Estados Unidos, como Rusia, pero son opciones complejas que generan inconvenientes para la isla. De hecho, el acuerdo con México viene de un acuerdo que existía en su momento entre México y la Unión Soviética para que se compensaran en Europa y en la isla contratos de provisión de petróleo por la cercanía de México y la lejanía de la entonces Unión Soviética. Es decir, Cuba tiene muchos problemas para responder a una maniobra de bloqueo y la verdad es que si los Estados Unidos desearan bloquear los petroleros rusos podrían hacerlo. En ese sentido, el margen fáctico que tiene Cuba para resistir es pequeño.

¿Y cómo resiste aún hoy?

Lo que tiene Cuba es un nivel bastante alto de organización política que le permitió mantenerse en situaciones muy complejas. Recordemos que Cuba antes de esta última crisis posterior a la pandemia, capeó el llamado periodo especial, que es un periodo de problemas económicos muy severos después de la caída de la Unión Soviética. Cuba está muy condicionada por el embargo estadounidense a partir de la caída de la Unión Soviética. Antes de eso, compensaba el comercio exterior con el comercio con el bloque socialista, que además era un comercio muy subsidiado. Después de los primeros años posteriores a esa caída, había compensado en parte, por ejemplo, con los acuerdos con Venezuela, además de una cierta estabilización de su economía, una cierta apertura a la inversión privada. Y después de la pandemia lo cierto es que tuvo muchos problemas en su sector turístico. Tiene una infraestructura que ya está en problemas y, desde el primer mandato de Trump, el relajamiento del embargo estadounidense fue revertido y se volvió una política de máxima presión, con mucha presión sobre los inversores en la isla, sobre el comercio, con una mirada bastante estricta sobre las excepciones al embargo. Con lo cual Cuba estaba en enormes problemas. Había perdido algo así como el 10% de su población en manos de la migración en los últimos 5 años y creo que la idea de la administración Trump es aumentar la presión en ese contexto tan adverso que no era el de su primer mandato y que después de que salió “bien”, por lo menos desde la perspectiva estadounidense, la intervención sobre Venezuela, se puede pensar en una negociación favorable a los estadounidenses.

¿Qué perspectivas le ves a esa negociación?

Hay posibilidades de que eso sea exitoso, que Cuba ceda de la manera en la que cedieron los dirigentes venezolanos, y que haya cambios económicos que precedan a cualquier cambio político y en ese contexto operen los cubanos intentando ganar tiempo y los estadounidenses logrando concesiones en materia económica. Creo que esa es una posibilidad abierta, pero veo mucho más difícil que se materialicen el tipo de concesiones que han hecho los venezolanos en términos del contenido de esos acuerdos reproducidos mecánicamente en Cuba. Diría que vamos a una negociación difícil en la cual Cuba va a testear su capacidad de resistencia en la medida en la que no hay, a diferencia de lo que hubo en Venezuela (y por lo menos por algún tiempo en el corto-mediano plazo y mientras sucede la guerra en Irán), la posibilidad de otra intervención directa. De todas maneras, Trump dice que el próximo es Cuba y el nivel de malestar que puede imponer Estados Unidos sobre la economía cubana es grande. Pero creo que la capacidad de resistencia de Cuba está determinada por una solidez de la dirigencia política del Partido Comunista que tiene muchos años de consolidación y tiene experiencia en funcionar en contextos adversos también usando herramientas represivas, por supuesto. No es una cuestión sólo de la solidez de su dirigencia, sino el modo en el cual está dispuesta a reprimir voces de disenso

¿Qué representa Trump en el sistema político estadounidense?

Trump es una anomalía y, a la vez, expresa un cambio profundo. No creo que haya una contradicción en esos términos. Creo que es una anomalía en el sentido en el que descree de las alianzas, descree del multilateralismo y de un sistema de reglas que fue básicamente concebido por los Estados Unidos para influir en el funcionamiento del resto del mundo. Este sistema, por supuesto, fue siempre aplicado de manera desigual, con varas diferentes de acuerdo al poder relativo de los Estados y en el cual Estados Unidos fue el gran ganador en el sentido de esa aplicación desigual de la normativa, porque fue capaz de moldearla y también cuando lo creyó necesario, de romperla.

¿Por ejemplo?

Bueno, hay casos como la guerra de Irak en el 2003 que son muy patentes. Estamos plagados de ejemplos: en la Organización Mundial de Comercio, en términos del uso de herramientas de proteccionismo económico. Las normas que Estados Unidos se aplica a sí mismo claramente no son las que espera que usen los Estados. De todas maneras, había un sistema de normas y reglas que dotaba de cierta previsibilidad. Y aparece Trump diciendo, primero como discurso de campaña y después en su acción de gobierno, que ese sistema de reglas no le convenía a los Estados Unidos y que con ese sistema de reglas los países sacaban ventaja de los Estados Unidos. En ese sentido, Trump es una anomalía. También es una anomalía en el desprecio por los esquemas de alianzas construidos por los propios Estados Unidos y en la idea de que que esos sistemas pueden ser mantenidos a partir de la amenaza y la coerción y no tanto del diálogo y la negociación, y que se puede sostener un esquema de tensión constante incluso con los aliados. En este sentido Trump es anómalo. En el modo en el cual está dispuesto a hacer uso del Estado para políticas que son coyunturales y de corto plazo, es anómalo. Lo es también en el modo en el que está poco preocupado por la credibilidad de la posición estadounidense y descansa muchísimo más en la fuerza cuando la construcción de hegemonía estadounidense fue siempre dosis de fuerza y dosis de consenso.

¿Lo ves como un cambio que llegó para quedarse en Estados Unidos?

Creo que hay dos cuestiones en las cuales Trump es síntoma de un cambio más profundo. La primera es que Trump es síntoma de unos Estados Unidos que son mucho más inestables políticamente porque los partidos están mucho más lejos entre sí de lo que estuvieron en ningún momento. Más allá de lo interno, donde siempre hubo diferencias, en el modo en el cual se presentan ante el mundo, creo que hay una crisis de la formulación de políticas de Estado por parte de los Estados Unidos y Trump es una expresión de esa crisis que creo que lo va a sobrevivir. La mirada de los republicanos sobre las administraciones demócratas y de los demócratas sobre las administraciones republicanas viene deteriorándose y la profundidad de los cambios viene siendo grande. Creo que podemos establecer puntos de quiebre con lo que fue no la invasión, que tuvo un consenso interno importante, pero sí los resultados posteriores a la invasión en Irak, los fracasos de la intervención estadounidense en Irak, en Afganistán, creo que pusieron en cuestión el rol global de los Estados Unidos. La crisis financiera de 2008, más allá de que no tuvo tanto que ver con eso, puso en cuestión el rol financiero de los Estados Unidos en el mundo y las ideas expansivas sobre la influencia de ese sector financiero. Creo que hay miradas que fueron volviéndose distintas. El hecho de que Barack Obama pueda ser electo, entre otras cosas, por su oposición temprana a la guerra de Irak, que le pasa factura a Hillary Clinton, habla de una división creciente. Es interesante que Trump igual aparece en contra de ese tipo de intervenciones, con una mirada rupturista hasta más profunda que la que tenía Obama respecto de su antecesor. Pero, para simplificar, los partidos están cada vez más lejos, los consensos internos en los Estados Unidos son cada vez más complejos. Hoy está pasando algo interesante que es que la guerra de Irán se da con una oposición abrumadora. Casi la totalidad de los senadores demócratas, se oponen a la intervención estadounidense en Irán y dicen que esta es una guerra que no está dictada de manera legítima. Esto tendría que decirlo el Congreso y en el Congreso no tenía los consensos.

¿Cuál es el segundo cambio profundo que expresa Trump?

Trump también expresa una insatisfacción de los Estados Unidos con el sistema que ellos concibieron, con los resultados comerciales, por ejemplo. El déficit comercial que creció al calor de la expansión de la OMC y de los organismos internacionales de comercio. También hay una insatisfacción muy profunda con la expansión de China como gran ganador de la globalización neoliberal, que fue propiciada por los Estados Unidos desde la década del 80. Entonces me parece que hay un modelo que se promovió activamente desde las élites estadounidenses, que tiene grados de insatisfacción que durante mucho tiempo no fueron atendidos, y que Trump expresó de una manera muy explícita. Pero cuando uno mira las medidas del gobierno de Joe Biden, que eran más sofisticadas, más ordenadas, más ajustadas a objetivos, también tenían componentes de ruptura con los consensos de la globalización neoliberal; también tenían componentes de ruptura con la posibilidad de que los organismos internacionales influyan sobre decisiones internas, y entonces uno se encontraba con legislación para promover la industria nacional que estaba bien pensada, bien armada en el gobierno de Biden. En el caso de Trump aparecen en forma de aranceles que parecen tirados a la marchanta, pero los objetivos eran iguales y los cuestionamientos que uno le podía poner en términos de cumplimiento con la legislación internacional sobre comercio eran similares. Cuando uno mira las sanciones sobre China que había impuesto el gobierno de Trump, el gobierno de Biden en general no las retira ni las suaviza, en todo caso sofistica algunas, pero también las profundiza. Cuando uno mira el modo en el cual los Estados Unidos están concibiendo la reformulación de la política económica, difícilmente pueda pensar que hay un esquema de retorno a la globalización neoliberal que venga con un cambio eventual de gobierno. Entonces, me parece que ahí hay dos cuestiones en las cuales el gobierno de Trump expresa tensiones más profundas dentro de la sociedad estadounidense. Una es la división de los partidos y otra es la insatisfacción con el sistema global. Ahora, en el modo en el cual el gobierno de Trump lo hace, el uso de la coerción económica y militar que hace el gobierno de Trump, creo que difícilmente se repita con una administración más, disculpen el exabrupto, normal.

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