08.11.2026 / ENTREVISTA PA

Gisele Kleidermacher: “Somos mucho más racistas de lo que nos gustaría aceptar”

La especialista en migraciones analiza los prejuicios que persisten en una sociedad que se piensa como un país de puertas abiertas. La idealización de la inmigración europea, la discriminación cotidiana contra las comunidades latinoamericanas y africanas y el endurecimiento de las políticas migratorias durante el gobierno de Javier Milei.





La Argentina se reconoce históricamente como un país de inmigrantes, pero no todos los que llegan reciben el mismo trato. Mientras persiste una imagen idealizada de la inmigración europea, las comunidades provenientes de América Latina y África enfrentan distintas formas de discriminación, desde dificultades para acceder a una vivienda o conseguir empleo hasta situaciones de violencia institucional. "Somos mucho más racistas de lo que nos gustaría aceptar", sostiene la socióloga Gisele Kleidermacher, investigadora del CONICET y especialista en migraciones contemporáneas.

Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Instituto Gino Germani, Kleidermacher lleva más de quince años estudiando las experiencias de las personas migrantes en la Argentina. En su último libro, Migrantes. Crónicas de los recién llegados (Futurock, 2026), reconstruye 21 historias de personas provenientes de distintos países para explorar las transformaciones de la inmigración y las contradicciones de la sociedad que las recibe. En diálogo con Política Argentina, analiza el crecimiento de los discursos antimigratorios, las similitudes con la década de 1990 y el endurecimiento de la legislación impulsado por el gobierno de Javier Milei. 

¿Cómo es la experiencia de una persona que migra a la Argentina?

Creo que hay distintas experiencias; no se puede hablar de una sola experiencia, sino que va a depender de la nacionalidad de la persona de origen, de si maneja o no la lengua, del género, del color de la piel, de distintas trayectorias. En ese sentido, si bien nos pensamos como un país receptivo y abierto a la migración, cada corriente migratoria experimenta situaciones diferentes, e incluso al interior de cada comunidad vemos experiencias muy heterogéneas. Trabajé muchos años con la comunidad senegalesa y ahí se ve que muchos han logrado mejorar sus condiciones de vida, pero no sin por eso dejar de atravesar situaciones de discriminación que tienen que ver con dificultades para regularizar la situación migratoria, con dificultades para obtener empleos de manera formal, dificultades para alquilar o para obtener una vivienda. Y, por supuesto, también se ven atravesados por muchísimas situaciones de control policial: la marcación de los cuerpos en relación a las detenciones arbitrarias en la vía pública están muy marcadas en determinadas comunidades y no en otras. Por eso, me parece que las experiencias van variando de comunidad en comunidad, de persona a persona; y que, por supuesto, las migraciones que son procedentes de Europa o de Estados Unidos siguen siendo mucho más valoradas en nuestro país que las migraciones regionales y ni hablar de las migraciones centroamericanas o africanas.

¿Sigue siendo la Argentina un país de inmigrantes?

Sí, definitivamente Argentina sigue siendo un país de inmigrantes pero un país diferente al que se pensó tradicionalmente. La Argentina que nosotros pensamos como país de puertas abiertas está vinculada a la migración europea, a la migración que vino entre fines del siglo XIX y comienzos del XX -esa migración ultramarina-, en donde idealizamos esa figura del migrante que vino a trabajar, que vino a arremangarse, por oposición a las migraciones más actuales que se las piensa de una manera muy negativa. Entonces, sí seguimos siendo un país de inmigrantes que sigue registrando corrientes migratorias que ingresan al país. El último censo nacional nos muestra que hubo 1,9 millones de personas que nacieron en otro país, eso representa alrededor del 4%; entonces, eso nos muestra que sí seguimos siendo un país que recibe, pero recibe migrantes de otros orígenes. Esta diferencia muy marcada entre esa migración idealizada y la migración real nos muestra que los flujos fueron cambiando.

¿En qué sentido cambiaron?

Hoy por hoy, la mayor parte de los inmigrantes que recibimos provienen de Paraguay, de Bolivia y de Venezuela, que es una corriente que comenzó a crecer unos años antes de la pandemia y luego, finalizada la pandemia, seguimos recibiendo migraciones venezolanas que reemplazaron en ese sentido el tercer lugar que teníamos en el podio de inmigrantes a los provenientes del Perú. Pero, como te decía, me parece que la migración fue cambiando y fue cambiando también la mirada que tenemos respecto de los migrantes. Hoy tenemos una mirada mucho más negativa, pensamos al migrante como una amenaza, hay una fuerte criminalización de la población de origen migrante y eso por oposición a esas migraciones más tradicionales que las seguimos pensando de una manera muy idealizada.

¿Por qué?

Porque esas migraciones no estuvieron exentas de conflictos. A partir de que tuvimos una primera ley migratoria —que fue la Ley Avellaneda, que fue la que promovió la migración junto con derechos, incluso promoviéndola con dinero, costeando parte de los pasajes, alojándolos en el Hotel de Inmigrantes que hoy es un museo de la UNTREF— y luego, muy rápidamente, cuando comienzan a llegar migrantes que se sindicalizan y que vienen con ideas anarquistas, ahí ya tenemos una primera ley restrictiva en 1902, que fue la Ley de Residencia, en donde también comienza a mirarse al migrante de una manera negativa, pero eso parece que lo olvidamos. Entonces, esa fuerte oposición entre las migraciones más tradicionales y las migraciones recientes hace que prevalezca una idea muy negativa del migrante actual.

¿Somos menos o más racistas de lo que creemos?

Creo que somos mucho más racistas de lo que creemos, de lo que nos gustaría aceptar. Justamente por esta gran historia de apertura migratoria consideramos que somos un país que no discrimina. Pero también es interesante, porque esa historia migratoria se construyó sobre la idea de una sociedad blanca, europea, homogénea; entonces nos cuesta pensar que discriminamos porque eso también es aceptar que no somos tan homogéneos como nos creemos. Esa construcción de la idea de la Argentina como descendiente de esos barcos europeos olvida la presencia de pueblos originarios y de aquellos que también llegaron en barcos, pero en barcos esclavistas provenientes de África. Ese olvido, entre comillas, de la población que estaba presente en el territorio y también ese olvido de las presencias de las migraciones constantes regionales que se produjeron a través de las fronteras de nuestro país, hace que de algún modo nos pensemos como que no discriminamos. Hubo una frase que dijo nuestro expresidente Carlos Menem: "Acá no existe racismo porque no hay negros". Justamente hay que empezar a problematizar esa idea de quiénes somos los argentinos, quiénes son los negros también, cuál es la historia de nuestro país y de las distintas poblaciones que habitaron el suelo argentino para empezar a problematizar un poco eso, por más que incomode.

¿En qué se puede ver eso?

Hay distintos datos. En los equipos de investigación que dirijo trabajamos mucho en escuelas y lo primero que surge en los trabajos de investigación que hacemos es que en la escuela no se discrimina, que todos son iguales, que si llega a haber algún problema es un problema de chicos; pero cuando empezamos a indagar un poco más profundamente, vemos que está presente esa jerarquía migratoria. Se acepta mucho más al migrante que proviene de distintos orígenes, en especial europeos, que al que viene de Bolivia o de Paraguay; y se ayuda mucho más también al migrante que viene de Rusia, por ejemplo, o de China, donde es obvio que no habla la lengua, frente a migrantes regionales que tampoco son hispanohablantes (muchas veces son quechua hablantes, guaraní hablantes) y, sin embargo, no hay el mismo acompañamiento. También se ve una discriminación en relación a distintas procedencias también latinoamericanas: el migrante de origen venezolano pareciera ser un mejor alumno frente al migrante boliviano o paraguayo. Entonces me parece que hay que cuestionar fuertemente esas jerarquías que están muy incrustadas en nuestra sociedad, en nuestro modo de pensar, en nuestro modo de relacionarnos, que son muchas veces inconscientes. Y también repensar qué es el racismo: el racismo no es solamente un episodio de suma violencia física frente a un otro o una situación extrema como un apartheid (como ocurrió en Sudáfrica o como se habla también de lo que ocurrió en Estados Unidos), sino que hay microrracismos cotidianos que afectan a la mayor parte de la población de origen migrante cuando tiene que hacer trámites del día a día, cuando tiene que enfrentarse a instituciones estatales, frente a las oportunidades de obtener un empleo y, justamente hoy por hoy sobre todo, en las posibilidades de poder regularizar la condición migratoria. Ahí hay microrracismos que afectan a todas las capas de la sociedad y que están muy presentes en nuestra sociedad. Entonces me parece que hay que preguntarnos qué sociedad queremos ser y cómo queremos relacionarnos con los distintos elementos que forman parte del nosotros.

El discurso contra la inmigración que creció en Europa y Estados Unidos, ¿llegó a la Argentina?

Sí, llegó a la Argentina; también estaba presente en la Argentina. Me parece que el ascenso de las derechas es un hecho a nivel global. Sin embargo, también tenemos que pensar que nuestra historia es bastante diferente. En general nosotros hemos tenido a partir del año 2004 una legislación migratoria muy abierta hacia la migración, que concede derechos, que está basada en los derechos humanos y en el derecho humano a migrar. En ese sentido, nuestra legislación lo que hace es brindarle acceso a la salud y a la educación a todas las personas, sin importar su condición migratoria. Si bien hay un discurso que se ha endurecido en toda la región respecto de las migraciones - y por supuesto hay muchas similitudes, sobre todo en los spots publicitarios que vemos de las campañas de seguridad en Estados Unidos y en la Argentina-, creo que hay que estar atentos también a la situación particular que tiene la Argentina, en donde las dinámicas migratorias son muy diferentes, donde se instala una visión de que todos quieren entrar hacia nuestro país atravesando las fronteras con imágenes que no corresponden a la situación actual de la Argentina. Como te decía, la migración actualmente es del 4% y viene en baja a través de las últimas rondas censales, entonces no podemos pensar que hay una invasión de migrantes, y esos discursos parecen en realidad estar haciendo eco de otras cuestiones que están sucediendo. Es algo que ya lo hemos visto también en momentos anteriores de nuestra historia: en la década de los 90, en momentos en donde el Estado se achica y hay mayor descontento social producto de la falta de empleo, producto de las dificultades económicas, suele buscarse un chivo emisario y el migrante cumple esa función. En aquel momento ya se los culpabilizaba de la desocupación, del alza de la delincuencia, incluso de la epidemia de cólera que ocurrió por aquellos años, y hoy vemos que eso sucede nuevamente. No es algo totalmente nuevo, sino que vuelve a ponerse el foco en la población migrante como aquella que pareciera que viene a quitar los derechos, los pocos derechos y los pocos beneficios de los que goza la población argentina.

¿En qué se puede ver? 

Un poco eso se ve reflejado en estos cambios que se hicieron a la legislación migratoria: tanto en 2025 como en 2026 se sancionaron dos decretos que van en detrimento de los derechos de los migrantes a partir de recortar el acceso a la salud pública a aquellos migrantes que no tengan una residencia permanente, pero también dificultando la obtención de esa residencia permanente, con lo cual mucha gente queda fuera del sistema de salud (que es gratuito para toda la población argentina). Lo mismo con el acceso a la educación superior y con dificultades para radicarse, para ingresar al país, para realizar reagrupaciones familiares. Entonces lo que me parece que estos decretos hacen, y que estas modificaciones hacen, es no solo cuestionar cuál es el rol de la migración problematizándolo, criminalizándolo, no viendo los aportes que hace la población migrante al resto de la sociedad, sino también cuestionando un poco la idea de democracia: esta idea de que los derechos no son para todos sino para algunos, empezando a cuestionar también qué modelo de país queremos y cómo queremos construirnos.