06.09.2026 / Entrevista PA

María Laura Tagina: "Hay algo en la forma de ejercer la autoridad de Milei que atrae a un sector de los hombres"

La politóloga María Laura Tagina analizó más de 100 elecciones en 18 países de América Latina para estudiar las diferencias entre el comportamiento político de hombres y mujeres. En diálogo con Política Argentina, explicó por qué Milei obtuvo mayor respaldo masculino, qué papel jugó su discurso antifeminista y por qué las mujeres muestran una menor propensión a votar por candidatos de derecha radical.






María Laura Tagina es politóloga, docente e investigadora especializada en comportamiento electoral, elecciones y opinión pública. Es profesora e investigadora de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y de la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM). Ha desarrollado numerosos trabajos sobre comportamiento político y electoral en Argentina y América Latina, con especial atención a los determinantes del voto y las brechas de género.

Es editora de Women’s Political Behavior in Latin America, publicado por Springer en 2026, un libro que analiza comparativamente más de 100 elecciones en 18 países latinoamericanos desde las transiciones democráticas, con foco en las diferencias entre mujeres y hombres en el voto, la participación electoral, el apoyo a las derechas radicales y el respaldo a candidatas mujeres.

En el capítulo dedicado a Argentina, Tagina reconstruye cuatro décadas de comportamiento electoral, entre 1984 y 2023, y analiza, entre otros fenómenos, la brecha de género en el voto a Javier Milei en las elecciones presidenciales de 2023.

¿Qué se propusieron entender sobre el voto de las mujeres en América Latina?

Nos propusimos entender si había diferencias sistemáticas en el comportamiento político de mujeres y hombres en la región. Cuando digo comportamiento político me refiero a la orientación izquierda-derecha del voto, el apoyo a mujeres candidatas, la participación electoral (la concurrencia a las urnas) y el apoyo a partidos o candidatos de derecha radical. Había también otra pregunta comparativa por detrás, que tiene que ver con el hecho de que todo lo que sabíamos hasta el momento de iniciar la investigación del libro sobre brechas de género en el comportamiento político provenía de investigaciones relacionadas con Europa y Estados Unidos. Nos interesaba ver en qué medida esas teorías y explicaciones sobre las brechas, en el caso de que las encontrásemos, viajaban a América Latina; es decir, si nos servían para entender qué es lo que pasa en la región. Convocamos a casi 30 autores y autoras de universidades de América Latina, España y Estados Unidos, y cubrimos los 18 países de la región hispano y portugués hablantes, y más de 100 elecciones.



¿Y encontraron diferencias entre el comportamiento político de hombres y mujeres?

Como idea general, diría que sí, efectivamente encontramos diferencias entre mujeres y hombres, pero esas diferencias no eran las mismas ni se expresaban de la misma manera en las cuatro dimensiones que analizamos. Yendo dimensión por dimensión, con relación a la orientación izquierda-derecha del voto, lo que sabíamos por esta literatura comparada es que, en el caso de las democracias de altos ingresos, en la segunda mitad del siglo XX se dieron unos procesos que conocemos como modernización. Estos implicaron la inserción de las mujeres en el mercado de trabajo, un acceso de las mujeres a niveles más altos de educación, la secularización (es decir, la pérdida del peso de la religión en la vida de las personas) y un mayor apoyo a valores de igualdad. Estos procesos tuvieron como consecuencia, algo que se vio algunas décadas más tarde a partir de los años ´80, una reversión en el comportamiento político de las mujeres, que históricamente había sido más conservador con relación a los hombres y se tornó más progresista.

¿Por qué ocurrió ese cambio?

Esto tenía que ver con que ese proceso de modernización y la difusión de estos llamados valores posmateriales tenían como efecto la autonomización o el logro de la autonomía de las mujeres (autonomía material y psicológica) y una mayor conciencia de la situación de desigualdad con relación a los hombres, tanto en el mercado laboral como en el ámbito familiar. Entonces, estas mujeres pasaron a autoubicarse a la izquierda de los hombres y a apoyar a partidos de izquierda o centroizquierda, que son los que recogieron, a través de propuestas de políticas, estas demandas y estos cambios. Por ejemplo, apoyo material para las tareas de cuidado de los niños o de los adultos mayores, terminar con la brecha salarial, apoyo a los derechos reproductivos de las mujeres, licencias de maternidad extendidas también a los varones o padres, etc.

¿Y ese fenómeno cómo se dio en América Latina?

No se dio de la misma manera. Decimos que esta modernización se dio de manera segmentada; es decir, no alcanzó a todos los sectores de la sociedad. Por otro lado, también tenemos el hecho de que este clivaje izquierda-derecha no tiene la misma raigambre en todos los países. La idea de izquierda-derecha no organiza la competencia política en todos los países de la región; los partidos no necesariamente se ordenan en torno de ese eje. En ese sentido, encontramos evidencia dispar. En algunos países vimos evidencia de que se estaría produciendo este tránsito de un comportamiento político de las mujeres más acorde a lo que llamábamos la brecha tradicional (más conservador) a una moderna. Por ejemplo, en el caso del capítulo de Brasil, los investigadores encontraron que, a partir de 2018, las mujeres empiezan a autoubicarse a la izquierda de los hombres. Cuando digo autoubicarse, es la pregunta típica de los cuestionarios: en una escala izquierda-derecha donde 1 es izquierda y 10 es derecha, dónde se ubica usted. Pero, además, eso tuvo una traducción en el voto: a partir de 2018, que es cuando Bolsonaro aparece en la competencia política, las opciones conservadoras comenzaron a recibir mayor apoyo masculino. Hubo dos cuestiones: un corrimiento de las mujeres hacia la izquierda y un menor apoyo (traducido en el voto) a las opciones conservadoras, en este caso representadas por Bolsonaro. Ahí tenemos un primer indicio que tendremos que seguir investigando en las elecciones sucesivas sobre un tránsito de las mujeres de una brecha tradicional a una moderna.

¿Y en otros países cómo se dio?

En Chile y en Uruguay pasa algo similar, aunque todavía no tan evidente, porque las investigadoras de ambos capítulos encontraron que tradicionalmente las mujeres tuvieron un comportamiento político más conservador, expresado concretamente en el voto, pero en las últimas elecciones que analizaron esa brecha desapareció. Hay un indicio en ese sentido de un tránsito que tendremos que verificar con investigaciones posteriores. En muchos otros países no encontramos diferencias en términos de orientación izquierda-derecha del voto entre mujeres y hombres. Incluso hay países en donde todos los partidos que compiten están ubicados en el centro-derecha (como República Dominicana, no tenemos opciones competitivas de centro-izquierda o de izquierda) o Paraguay (con la excepción del corto interregno del expresidente Lugo, que fue sacado del poder con un juicio político exprés de dudosa legitimidad). En ese sentido vemos que no es posible trasladar, o no viaja completamente la teoría.

¿A qué creés que se debe?

Hay que agregar un aspecto sobre la inserción en el mercado de trabajo: en América Latina lo que tenemos son altas tasas de informalidad en el mercado laboral que afectan sobre todo a las mujeres. La inserción en el mercado de trabajo, pensando en un trabajo precarizado como es el trabajo informal, no necesariamente tiene los efectos de conferir la autonomía que la teoría piensa o predice para contextos como el europeo, en donde no existe esta realidad de la informalidad laboral.

¿Qué encontraron respecto a las otras dimensiones?

Con relación a las otras brechas, en el caso del apoyo a mujeres candidatas, ahí sí la evidencia es más homogénea. Nosotros analizamos candidatas a presidente y allí encontramos una probabilidad más alta de las mujeres de apoyar a las candidatas mujeres con relación a los votantes hombres, independientemente de la ideología política de las candidatas (aplica tanto a Michelle Bachelet como a Keiko Fujimori). También encontramos una evidencia más homogénea en lo que tiene que ver con el apoyo a candidatos de derecha radical, que en América Latina tienen un electorado más masculinizado, es decir, reciben menos apoyo de las mujeres.

Con respecto a la dimensión de participación electoral, ¿hay brecha de género?

La evidencia fue muy dispar: tenemos países donde las mujeres votan más que los hombres, tenemos la situación contraria y tenemos casos en donde no hay una diferencia sistemática. Algo interesante es pensar que, no en todos, pero en muchos de estos países el voto es obligatorio. Nuestra expectativa era que quizás el voto obligatorio ofrecía el mismo incentivo para mujeres y hombres, y que la brecha en ese sentido debería desaparecer porque si no votas te castigan, pero tampoco es tan así (en algunos países si no votas no pasa nada). Fue bien interesante en ese sentido y tendremos que seguir investigando. Como corolario, diríamos que en América Latina no podemos decir que las mujeres en su conjunto se hayan movido hacia la izquierda; sí podemos decir que tienen una propensión a apoyar a mujeres candidatas mayor que los hombres (independientemente de la ideología de las candidatas) y que apoyan menos a partidos y candidatos de derecha radical. En cuanto a la participación electoral, la evidencia es dispar. Por último, en algunos capítulos pudimos ahondar en diferencias entre mujeres y ahí encontramos que las mujeres no constituyen necesariamente un electorado homogéneo. En algunos casos encontramos que las mujeres insertas en el mercado laboral con un estatus laboral alto, con mayores niveles educativos y las más jóvenes sí tienden a votar por opciones más progresistas en comparación con las otras mujeres y con los hombres.

¿Por qué creés que Javier Milei tuvo más apoyo entre los hombres?

Pudimos analizar los resultados de las elecciones de 2023 y las encuestas publicadas en función de esas elecciones. Algo interesante que encontramos al respecto es que la explicación no va por el lado de que los hombres en Argentina sean más de derecha que las mujeres; de hecho, esa evidencia no la encontramos. Sí encontramos evidencia interesante que tiene que ver con las actitudes frente al liderazgo y a los límites al poder presidencial. Lo que hicimos fue dividir a los votantes en dos grupos (es un ejercicio estadístico, pero en la práctica significa eso): por un lado, analizamos a los votantes que consideran que el presidente debe sujetarse a los límites institucionales en el ejercicio de su cargo; y, por otro lado, a quienes consideran que si el presidente necesita para gobernar saltearse esos límites o transgredirlos, está bien que lo haga.

¿Y qué obtuvieron?

En el primer grupo no encontramos diferencias cuando analizamos la intención de voto o el voto declarado por Milei entre hombres y mujeres. Pero en el segundo grupo sí: en el grupo de los que están de acuerdo con que si hace falta no se respeten las reglas institucionales, encontramos una probabilidad mucho más alta de los hombres que de las mujeres de apoyar a Milei. Parecería que hay algo que tiene que ver con cómo se ejerce la autoridad presidencial vinculada a la no sujeción a las normas o a la transgresión de las normas que activa una atracción en un sector de los hombres. También hicimos el mismo ejercicio con relación a las actitudes frente a la distribución de roles dentro del hogar: por un lado, los votantes que creen que tiene que haber una distribución más igualitaria entre los cónyuges o miembros de la pareja; por otro lado, los que están a favor de una distribución más tradicional (el hombre trabaja fuera y la mujer se queda cuidando a los niños). En ese caso no encontramos una evidencia estadísticamente significativa como en el caso anterior.

¿Qué conclusiones sacás de eso?

Lo que resulta interesante de esto es que la pregunta respecto de por qué las mujeres votan menos a Milei o a los candidatos de derecha radical que los hombres cambia a por qué algunos hombres se sienten más atraídos por ciertas características de la propuesta política de estos candidatos. Ahí parece haber una llave de la explicación que tiene que ver con la cuestión de la autoridad presidencial y de la forma de liderazgo, lo cual nos permite explicar en parte ese mayor apoyo de los hombres a Milei.

¿El feminismo cambió electoralmente a las mujeres argentinas?

El feminismo sin duda cambió la agenda política: introdujo nuevos temas, cambió el lenguaje y algunas cuestiones que antes eran consideradas como privadas pasaron a ser cuestiones políticas. En ese sentido, marcó un antes y un después. No diría que tuvo como efecto modificar el comportamiento electoral de todas las mujeres de manera uniforme. Me parece importante pensar que los temas pueden estar en la agenda pública, pero se necesita que los actores políticos los politicen en las campañas electorales; se necesita que se discuta sobre esos temas y que los distintos candidatos y partidos tomen postura sobre eso. En ese sentido, lo que podemos decir es que Milei lo hizo. Milei incorporó en su discurso de campaña una agenda antifeminista, una postura claramente antifeminista, y eso tuvo un efecto diferenciado en hombres y mujeres. Insisto con lo que decía antes: esto no tenía que ver con que los hombres sean más de derecha y las mujeres sean más de izquierda, porque esa evidencia no la encontramos, pero sí encontramos la evidencia de la menor propensión de las mujeres a votar por Milei o la mayor propensión de los hombres. Sin duda las movilizaciones de Ni Una Menos y por la legalización del aborto (toda la movilización feminista) tuvieron ese efecto de poner en la agenda pública temas vinculados al género, y eso a la vez tuvo una respuesta antifeminista que estuvo sobre todo encabezada por un candidato. Conviven a la vez, y me parece que son las dos caras de la misma moneda de politizar los temas de género: por un lado, una mayor conciencia sobre temas de género en un sector de la población; con una reacción conservadora antifeminista en otro sector, sobre todo en algunos hombres. Sería una simplificación decir que el feminismo logró que todas las mujeres voten de la misma manera.

En este contexto, ¿qué hacer?

Me parece que algo que tenemos que seguir haciendo es incorporar más sistemáticamente el enfoque de género en el estudio del comportamiento político. Hasta ahora veníamos analizando cómo votan los latinoamericanos y las latinoamericanas en general, si hay mayores o menores niveles de abstención, qué partidos prefieren o qué orientación ideológica tienen, pero no nos preguntábamos si con relación a estos temas había diferencias entre mujeres y hombres. En ese sentido, el libro plantea un primer mapa exhaustivo (en el sentido de que cubre los 18 países y más de 100 elecciones) y es un punto de partida para seguir profundizando sobre cuestiones que todavía necesitamos entender. Para ser concreta: decimos que el clivaje izquierda-derecha no organiza la competencia política en todos los países y por lo tanto no necesariamente hay brecha de género. Entonces podemos preguntarnos qué otros clivajes o divisiones sí organizan la competencia política y si hay un comportamiento diferencial de mujeres y hombres en relación a esos clivajes. Sabemos que hay una mayor propensión de las mujeres a votar por candidatas mujeres, pero necesitamos saber qué es lo que activa esa propensión y en qué mujeres del electorado; si tenemos alguna pista que tiene que ver con la relevancia de la candidatura, con si esas mujeres candidatas son evaluadas como viables, o si son portadoras de una agenda de género (necesitamos saber más al respecto). Con relación al tema del apoyo a la derecha radical, necesitamos profundizar un poco más en qué aspectos de la propuesta política de estos partidos y candidatos activan el apoyo de los hombres. El libro deja algunos indicios, pero necesitamos seguir profundizando en esto. Necesitamos entender por qué el voto obligatorio u otros constreñimientos institucionales (como requisitos de empadronamiento) operan para que nos dé como resultado tanta disparidad.

Después de la investigación, ¿qué creés que moviliza o desmoviliza a la gente a votar? ¿Es distinto en las mujeres?

Por nuestras investigaciones previas sobre elecciones en América Latina, sabíamos por un lado que la región puede ser estudiada como tal porque tiene una tradición cultural e histórica común, pero también sabíamos de las heterogeneidades (distintas estructuras sociales para cada país, distintos sistemas de partidos). Lo que encontramos por primera vez es que esa diversidad también aparece cuando dejamos de estudiar a los votantes como un todo y empezamos a mirarlos en forma separada como mujeres y hombres. Todavía necesitamos entender más sobre cómo se comportan políticamente las mujeres y, en el caso del apoyo a la derecha radical, introducir y profundizar un poco más sobre los hombres. No quiero decir con esto que hay que desplazar la atención general de las mujeres para ponerla sobre los hombres: el enfoque de género no significa solo estudiar a las mujeres, significa analizar cómo el género nos permite explicar comportamientos diferenciados. Digo esto de no reemplazar porque en estas democracias de altos ingresos, donde hace más de 30 años que se analiza el comportamiento político de las mujeres, hay un recambio de la agenda y un viraje hacia el estudio de las masculinidades o sobre las comunidades LGBTQ+. Nosotros todavía necesitamos seguir profundizando en la comprensión de los comportamientos políticos de las mujeres y, cuando la evidencia nos lo indica como en el apoyo a las derechas radicales, profundizar en poner el foco sobre las masculinidades. Tenemos desde dónde partir y me parece que va por seguir trabajando con el enfoque de género en estas dimensiones del comportamiento político.

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