Decenas de miles de personas volvieron a salir a las calles de Palma de Mallorca para protestar contra la masificación turística y exigir un cambio en el modelo económico de una de las principales islas turísticas de España. La Policía Nacional estimó una participación de 25.000 personas, mientras que los organizadores elevaron la cifra hasta las 70.000.
La movilización del domingo 26 de julio fue convocada por la plataforma Menys Turisme, Més Vida (Menos Turismo, Más Vida) bajo el lema "Mallorca al límite" y contó con el respaldo de organizaciones sociales, ecologistas, sindicales, vecinales y culturales.
El reclamo no apunta principalmente contra quienes eligen la isla como destino de vacaciones, sino contra un modelo basado en el crecimiento constante de la actividad turística que, según los manifestantes, está modificando las condiciones de vida de la población local.
"Mallorca no se vende, se defiende" y "Turismo sí, pero no así" fueron algunas de las consignas que atravesaron una protesta que puso nuevamente en discusión hasta qué punto puede crecer el turismo en un territorio limitado.
El turismo y una Mallorca cada vez más difícil para sus habitantes
El conflicto tiene uno de sus principales focos en el acceso a la vivienda. La expansión de los alojamientos turísticos y la presión inmobiliaria redujeron la oferta disponible para los residentes y contribuyeron al aumento de los precios.
Pero el problema excede a la vivienda.
Como analiza
The Conversation, el proceso de turistificación modifica progresivamente el territorio para adaptarlo a las necesidades de quienes lo visitan y de las actividades económicas vinculadas al turismo.
Viviendas, comercios, espacios públicos, infraestructura y servicios comienzan así a organizarse alrededor de una población temporal con mayor capacidad de consumo. El resultado puede ser paradójico: mientras el destino atrae cada vez más visitantes, vivir allí se vuelve cada vez más difícil para una parte de sus propios habitantes.
Los organizadores de la marcha también denunciaron la saturación de los servicios públicos y de las infraestructuras, la presión sobre los recursos naturales, la destrucción del territorio y la precarización laboral.
Una economía que depende del turismo y discute sus límites
La tensión que atraviesa Mallorca tiene una particularidad: buena parte de la economía de las Islas Baleares depende precisamente de la actividad que ahora genera crecientes protestas.
Por eso, el debate no se reduce a turismo sí o turismo no.
Incluso entre los residentes que cuestionan la masificación existe conciencia sobre el peso económico del sector. El conflicto pasa por determinar cuánto turismo puede absorber la isla y quiénes reciben los beneficios y soportan los costos de ese crecimiento.
Los movimientos que impulsan las protestas reclaman directamente un "decrecimiento turístico": reducir la cantidad de visitantes y plazas disponibles en lugar de continuar administrando nuevos récords de llegadas.
"No caben más turistas", resumieron los organizadores durante la lectura del manifiesto de la última movilización.
Según Menys Turisme, Més Vida, el crecimiento turístico está acompañado por un deterioro de las condiciones de vida de una parte de la población residente. El movimiento sostiene que el modelo actual genera empleo y actividad económica, pero al mismo tiempo eleva el costo de vida y aumenta la presión sobre recursos que son necesariamente limitados en una isla.
De las playas a las viviendas: cómo avanzó la "turistificación"
Uno de los conceptos centrales de las protestas es el de "turistificación": la transformación de un territorio y de su economía para satisfacer prioritariamente la demanda turística.
"La turistificación invadió nuestras costas, después nuestros pueblos y nuestras ciudades, y actualmente está ocupando nuestras casas", plantearon los organizadores de la movilización.
El fenómeno permite explicar por qué el conflicto dejó de concentrarse únicamente en la saturación de playas o centros históricos.
El reclamo ahora incluye la vivienda, los salarios, el transporte, el agua, los servicios públicos y hasta la posibilidad de mantener actividades económicas que no estén directamente relacionadas con los visitantes.
Para los movimientos que cuestionan el actual modelo, el problema aparece cuando el éxito turístico termina modificando el territorio hasta dificultar la permanencia de quienes lo habitan durante todo el año.
Un conflicto que se extiende por España
Mallorca no es un caso aislado. En los últimos años se multiplicaron las protestas contra el turismo masivo en distintos destinos españoles, particularmente en lugares sometidos a una fuerte presión inmobiliaria y turística.
Barcelona, las Islas Canarias y otros destinos comenzaron a discutir medidas para limitar los alojamientos temporarios, regular la llegada de visitantes o reducir la presión sobre determinados barrios y espacios públicos.
Mallorca se convirtió, sin embargo, en uno de los epicentros de esa discusión.
La movilización del domingo fue la mayor realizada hasta ahora en la isla contra la masificación turística y superó, según las estimaciones policiales, las convocatorias similares de 2024 y 2025.
El debate que plantea trasciende incluso al turismo: quién decide cómo se utiliza un territorio cuando el lugar donde unos pasan sus vacaciones es, al mismo tiempo, el lugar donde otros necesitan trabajar, alquilar una vivienda y desarrollar su vida cotidiana.
¿Por qué protestan contra el turismo en Mallorca?
Las organizaciones denuncian que la masificación turística aumenta la presión sobre la vivienda, los servicios públicos, las infraestructuras y los recursos naturales. Reclaman reducir el volumen de visitantes y modificar un modelo económico fuertemente dependiente del turismo.
¿Cuántas personas participaron de la última protesta en Mallorca?
La Policía Nacional calculó unas 25.000 personas en la movilización del 26 de julio de 2026 en Palma. Los organizadores estimaron una asistencia de alrededor de 70.000 personas.
¿Qué significa "turistificación"?
Es el proceso por el cual viviendas, comercios, espacios públicos y actividades económicas de un territorio se orientan crecientemente hacia las necesidades del turismo. Sus críticos advierten que puede elevar los precios y desplazar actividades y residentes locales.