12.07.2026 / Entrevista PA

Matías Bianchi: “Este modelo tecno-feudal, para tener éxito, necesita destruir comunidad”

Matías Bianchi, politólogo, director de Asuntos del Sur y autor de Estado o algoritmo, analiza cómo las grandes plataformas tecnológicas y las nuevas élites digitales están transformando las democracias contemporáneas. En esta entrevista advierte sobre la concentración de poder en las Big Tech, el avance del "tecno-feudalismo" y los desafíos que enfrenta el Estado para garantizar derechos.





Matías Bianchi es politólogo por la Universidad de Buenos Aires, director de Asuntos del Sur y un académico especializado en democracia, economía política y tecnopolítica. Cuenta con una maestría en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Oxford, una maestría en Administración Pública y un doctorado en Ciencias Políticas por Sciences Po París, además de haber integrado instituciones como el Woodrow Wilson Center y el Centro de Desarrollo de la OCDE.

En su libro más reciente, "Estado o algoritmo", analiza la crisis del Estado-nación frente al avance de las grandes plataformas tecnológicas y la concentración del poder en manos de las nuevas élites digitales. En diálogo con Política Argentina, reflexionó sobre el tecno-feudalismo, el futuro de la democracia y el papel que puede desempeñar el Sur Global en la construcción de alternativas políticas para el siglo XXI.

¿Por qué consideras que Estado o algoritmo es la disyuntiva que define la época?

Lo que estamos viviendo en este momento es una transformación muy estructural, muy profunda, de la organización del poder en nuestras sociedades. En mi libro, de hecho, empiezo con la imagen de Donald Trump cuando toma posesión y tiene en primera fila a los varones de las Big Tech. Eso me hizo reflexionar que no estamos aquí en un péndulo electoral de más izquierda, más derecha, más populismo, menos populismo sino que hay un reordenamiento de cómo se organiza la sociedad. De alguna manera, todo lo que estamos viendo, los Trump, los Milei, las grandes desigualdades que estamos experimentando que son récord, las grandes riquezas que estamos viviendo que también son récord, todo esto responde a un reordenamiento.

¿En qué sentido te parece un reordenamiento?

Nosotros venimos de un modelo de democracia donde el ordenador ha sido el Estado moderno. Una democracia en donde todos nuestros derechos están escritos en las leyes del Estado, donde la infraestructura del Estado te ofrece los servicios que se transforman en derechos que lo financia y donde se han creado comunidades nacionales de identidad, de cultura, de diálogo. Todo eso lo ha permitido el Estado-nación, que es la gran innovación del Estado moderno, y eso se expresaba en su poder. En algunos países más, en algunos países menos, en nuestros países periféricos con mayor debilidad, pero en distintos grados lo que permitió ese Estado moderno es poner condiciones al poder, extraerles renta en forma de impuestos para poder financiar esto, regular procesos que garanticen nuestros derechos. Y lo que hemos experimentado, que es de larga data, es una debilidad que ya lleva décadas. La ideología neoliberal ha ido erosionando al Estado. Pero en esta etapa tecno-feudal, como la denomina Yanis Varoufakis, es una modelo que ha permitido una acumulación de poder desmesurando.



¿Qué consecuencias tiene eso?

Eso va licuando y de alguna manera reemplazando el poder, lo erosiona en sus dimensiones centrales, que son de soberanía.  Pensemos que el sistema de satélites de Ucrania que ofreció Elon Musk. En el momento que Zelenski fue un poco más lejos de lo que querían, a Crimea, apagó los satélites. O sea, va por nuestra soberanía, va en el ofrecimiento de bienes públicos donde cada vez más hay más software propietario, infraestructura propietaria de los data centers, lo que se está discutiendo en Argentina hoy con el RIGI. La infraestructura que es la que ofrece bienes públicos, software de salud, de educación. Y esto no es solamente en países periféricos como Argentina, esto pasa en Estados Unidos, en Europa. Con Palantir, por ejemplo, ofreciendo los servicios de inteligencia para perseguir a inmigrantes en Estados Unidos. Y también, una tercera cuestión, vinculada a la ciudadanía, donde estas tecnologías deciden qué diálogos se visibilizan, cuáles ocultan, qué tipo de conversación se da hoy centralmente alrededor del mundo. Se produce a través de un puñado de plataformas controladas por el sector privado, que además están teniendo un viraje ideológico dramático donde quitan todas las condiciones que se daban antes de moderación del debate público.

¿A qué le atribuís ese viraje? 

Lo más perverso que se da en todo esto, y que tiene que ver con los incentivos económicos, es que es un modelo que parte de la revolución digital, que era un modelo que venía de la tradición de internet. Que era mucho más "hippie", si se quiere, servicios gratis, de cultura hacker, de de códigos abiertos, de navegar y no pagar por los servicios, de buscar una universalidad en esto. Que en los ´90 no le encontraban la vuelta y en los 2000 la encontraron, a través de monetizar los datos. La cuestión es que la alta concentración y el incentivo de que sigamos dando datos, de que sigamos conectados, estudiaron que la manera de hacerlo es generando adicción, generando polarización. Cuando más enojado estás, estás más enganchado. Entonces, los efectos perversos que esto tiene en una comunidad es terrible. Este modelo tecno-feudal, para poder tener éxito, necesita destruir comunidad. Nos necesita aislados, nos necesita deprimidos, enfrentados, enojados y angustiados. Y, entonces, se da esta dimensión de la acumulación de poder y, al mismo tiempo, un tipo de poder que no es democrático. Entonces, para mí aquí es la gran batalla que tenemos en este momento: cómo podemos reconstruir un pacto democrático, cómo podemos cómo podemos reconstruir un sistema que crezca ofreciendo más derechos.

¿Qué son las nuevas aristocracias digitales y qué disputan con el Estado?

Estamos viendo la construcción de estas aristocracias que son financiero-digitales, porque no alcanza solamente con su control de lo digital, sino que lo que les da esteroides es su acceso casi ilimitado al capital financiero. Y eso les da un tamaño a las empresas más grandes de economías nacionales. Y en algún caso alguno extremo, como el de Elon Musk que acaba de pasar el triillón de dólares, casi el doble del PBI de la Argentina, un poco menos un 70% de la economía de España. Esto los hace ser actores de un poder económico. Entonces tiene que ver en esto, este matrimonio entre el capital financiero, el capital y los dueños de lo digital, que encontraron El Dorado. 

¿En qué sentido encontraron El Dorado?

En los datos. Me refiero al mito de la búsqueda de El Dorado, que venían españoles y portugueses a encontrar esta ciudad de oro. Las tecnológicas pasaron mucho tiempo tratando de luchar con estas plataformas gratuitas que tenían cientos de millones de usuarios pero no sabían cómo monetizarlo. Y se dieron cuenta en etapas. En una primera etapa se dieron cuenta que con esos datos podían monetizar para vender, podían saber si te gustaba andar en bicicleta, si te gustaban las mujeres, los varones, jugar al fútbol. Entonces, a partir de ahí, poder ofrecerte productos. Ahí empezaron a monetizar. Pero el modelo es un modelo anticapitalista, es un modelo de monopolio, de necesidad de controlar el monopolio. Por eso, Varoufakis cuando habla de tecno-feudalismo dice que esto destruye el capitalismo. Porque estos modelos no se manejan por la innovación y la competencia, sino al momento que ellos capturan el mercado extraen rentas, nada más, de los usuarios que venden productos. Pero eso es una parte, que les permite generar este nivel de acumulación que hace daño al contrato social. No se trata de que Jeff Bezos, Elon Musk, Peter Thiel sean malos tipos. Eso es irrelevante. La cuestión es que logran acumular un dinero y una capacidad que les da poder para influenciar demasiado en el poder.

¿En qué se ve ese poder? 

Hoy son los principales lobbistas en Washington y en Bruselas. Elon Musk financió la campaña de Donald Trump con 260 millones de dólares y todo esto es dinero de cambio. Estuve este fin de semana en Chicago, en la inauguración del Obama Center, y cuando entrás, digo porque esto tampoco es Donald Trump, la plaza principal dice: "Gracias a la gratitud de Jeff Bezos". O sea, tienen esa capacidad. En un parte ya exagerada, que es la de poder mandar gente a la Luna, tienen músculo para mandar empresas, desarrollar empresas que envían naves espaciales y poder además esta acumulación de imaginarse ese futuro. Hay un libro de un argentino, Michel Nieva, que habla de la ciencia ficción capitalista, que es muy interesante cómo empiezan ya a hablar de cómo conquistar Marte y cómo de apropiarse del imaginario del futuro. Entonces, van acumulando varios tipos de poderes. Hay un poder cuantitativo que van logrando, que tiene que ver con el dinero con el que logran comprar cosas y que logran comprar voluntades. Y un poder, un poco más indirecto, que es el de financiar lobbistas para que hagan reglas a su medida. La versión extrema es el super RIGI de la Argentina. Ese es un extremo, nosotros estamos en el en el ojo del huracán de este modelo, porque estamos realmente entregando a un modelo de país bananero, como si no tuviéramos noción de nuestra historia. 

¿Qué otros tipos de poderes acumulan? 

Hay un tercer poder, que se lo robo a Steven Steven Lukes, que es un estudioso del poder. Él habla de un metapoder, que es parecido a lo que decía Gramsci sobre la hegemonía: la capacidad de imponar cultura, un sentido común. Conseguir que la persona que yo domino además piense que mi interés es su interés. Ese es el poder más grande de todos. Eso se logra, lo han logrado, gracias a las redes sociales y la alta concentración, que no tiene paralelo. Desde la cantidad: los miles de millones de personas que concentra cualquiera de estas plataformas de dos, tres, cuatro millones de usuarios. Ese poder no existió nunca. Pero también tiene que ver con el cómo se habla. La capacidad de hablarnos en particular a cada uno de nosotros y lograr manipularnos. Y ya no es solamente si me gusta andar en bicicleta venderme bicicletas. Lo que aprendieron es que, además, pueden hacer que me gusten cosas que no me gustaban antes, con la estimulación algorítmica. Hay un paper clásico, que salió en Facebook del 2012, donde hicieron un estudio en 700.000 personas y esa fue la revelación: podemos hacer que la gente quiera o odie lo que nosotros queramos. Y ese es un poder fenomenal. Es el incentivo, desgraciadamente, para esto que es destructivo para la comunidad democrática. 

¿Cómo se constituye esa manipulación?

Hay un concepto, que se lo robo a la ciencia del comportamiento, que habla de la habilidad de la captura de la amígdala. La amígdala es una parte de nuestro cerebro que está diseñada para nuestra supervivencia. Que, si estábamos en la sabana y veíamos el león, dejamos de pensar. Se nos bloquea y tenemos reacciones impulsivas como salir corriendo, por ejemplo. Y uno no está pensando: no piensa más, corre. Entonces, se activa con el miedo, con las pasiones. Cómo se traduce eso: en miedo a los inmigrantes cruzando las fronteras, mujeres, feminazis. Se va metiendo, se va instalando, hasta que las personas y las comunidades dejan de pensar y bloquean. Son completamente maleables. Y esto es lo que se va construyendo y lo que les da el poder de la manipulación. Nos tienen enfrentados, aislados y deprimidos. Las curvas de depresión, angustia, a nivel global, son casi verticales. Entonces, es un poder perverso. Para poder ganar ellos necesitan destruir la democracia. Este es el enorme desafío que tiene que ver con esta élite tecno-feudal pero no solamente: es el sistema el que nosotros tenemos que pensar cómo desarmar. 

¿En qué sentido ves al Sur global como un laboratorio de innovación política para dar una respuesta a este desafío?

Para mí es clave. No tengo tan claro si hay condiciones objetivas o hay mucho de expresión de deseo también. Pero me voy a me voy a meter en esa expresión de deseo. Por un lado, tiene que ver que venimos del futuro. Lo que está experimentando Estados Unidos y Europa, y que los tiene descolocados, nosotros lo hemos vivido. Nuestras democracias han vivido así todo el tiempo, con élites controlando, con sistemas de corrupción instalados, con modelos extractivistas. La parte positiva de esto es que nuestra sociedad tiene para ofrecer bienes comunitarios, asociativismo, un poder más horizontal entre comunidades y actores democráticos. Hay un espacio de mayor colaboración y la posibilidad de un imaginario de como puede venir un nuevo orden desde el Sur global con el poder un poco más compartido. Me parece que hay algo en ese sentido, Europa y Estados Unidos están muy atrapados, sobre todo, en la lógica de disputa hegemónica con con China. Nosotros por ahí podemos tener el beneficio de imaginarnos otra cosa. 

¿Aún en esta coyuntura?

Es difícil porque, cuando uno ve las elecciones que venimos viendo, no estarían respondiendo a este a este esquema. Pero nosotros lo vemos desde Asuntos del Sur, que hemos trabajado, por ejemplo en respuestas al COVID, la experiencia que se han dado en África, en América Latina, desde comunidades de mujeres trabajadoras del hogar, cómo se organizaban. O nuestro Conurbano, para dar respuesta frente a un Estado que no que no tenía músculo, que no tenía capacidades, fue muy interesante. Y me parece que eso nos puede permitir rearmar una hoja de ruta. Porque desde donde estamos parados no podemos volver al esquema anterior. No podemos pensar cómo vuelve una matriz estadocéntrica, primero porque nunca la tuvimos funcionando como los países escandinavos.

¿Qué significa rearmar esa hoja de ruta? 

Tenemos que imaginarnos algo diferente. Pensar en estatalidad sin Estado-Nación. Si el Estado-nación se creó para economías nacionales, para identidades nacionales, para impuestos, para economías para una producción física, ¿cómo podemos imaginarnos un esquema donde la economía es inmaterial, donde la sociedad es más globalizada, interconectada? Creo que ahí, el Sur global, hay varias experiencias que son que son más interesantes. Empezando, por ejemplo, el Latam-GPT, que es una forma de dar una disputa, de poner aunque sea conversaciones e identidades más nuestras que de afuera. Por ejemplo, nosotros hicimos una experiencia en Villa Soldati (CABA), de crear cooperativas de internet que ofrecen el servicio desde el barrio, donde no llega el mercado. Y ahí no sólo se da trabajo sino que se generan capacidades tecnológicas y se ofrece un servicio más barato que el de mercado. También está la cuestión de recrear espacios identitarios diferentes, el mundo colaborativo, las experiencias de presupuestos participativos. La idea, que ahora se ha diluido un poco pero que es importante, del buen vivir que viene de nuestras poblaciones andinas con prácticas muy concretas de participación, con sistemas de organización del poder muy innovadoras. Que incluso influenciaron a procesos políticos del Norte global, como el movimiento Occupy o el 15M español. En este contexto se invisibiliza pero me parece que hay que reconectar la idea del buen vivir. No solamente como una conexión entre personas sino también con la naturaleza. Quizás no se necesita una ingeniería política, quizás estamos en una instancia de artesanía política, de empezar a tejer ciertas filosofías, prácticas, porque lo que viene de afuera no sirve. 

¿Por qué no sirve? 

Hay un orden global que ya no sirve. Ya ni siquiera tiene la autoridad moral de Estados Unidos, de Europa, para decirnos cómo funciona la democracia o qué es un derecho. Entonces, me parece que este es un gran momento geopolítico para empezar nosotros a tejer otro tipo de institucionalidad, de multilateralismo, de participación, de conectividad y otro vínculo también con la naturaleza y con nuestro entorno.

En este contexto, ¿qué hacer?

Creo que hay muchas cosas para hacer. Lo principal, y el marco general, me parece que hay que juntar voluntades para reconstruir un un contrato democrático. Eso es lo que se ha diluido. Ni los que defienden, ni los convencidos de sociedades basadas en derechos escapan a la angustia o el desinterés general. Entonces, me parece que ahí hay un momento que necesitamos recuperar esto para para volver a ponernos como horizonte la reconstrucción de un nuevo pacto democrático. Eso debe trabajarse en distintos niveles. Por un lado, a nivel global, una de las grandes crisis que tenemos es del multilateralismo. Si sucede algo en algún país ya no hay llamados, ya no hay un orden. No es casual. Y la propia Pax Americana, que fue el andamiaje institucional de la ONU y los organismos multilaterales, se está destruyendo. Hay algo ahí para reconstruir, ojalá desde el Sur global, con una nueva mirada del poder, con otro tipo de vinculación y con mayor protagonismo. Pero también dentro de la sociedad. Me parece que hay que marcar un límite. Tenemo que tratar de tender puentes, de reconstruir espacios de intercambio y para eso hay que ceder. Hay que para poder invitar a otros, hacer esta artesanía de ir conectando los pedazos que están dispersos: los que están enojados, los que están desalmados, los que están cínicos. Porque, en definitiva, queremos vivir en una sociedad en paz, queremos tenemos ganas de de de ver de de vivir mejor. Y, finalmente, también hay un trabajo a nivel individual, de generar anticuerpos frente al algoritmo. La ciencia del comportamiento, la agenda de seguridad digital, lo tiene muy desarrollado: cómo si viene algo que me hace enojar, que me genera un estímulo, por más que intentamos generar pensamiento crítico, por más que lo intelectualizamos, después estamos en el scroll de las redes sociales. Entonces, hay que generar anticuperos frente a los mensajes de odio, a las deepfakes. Hay que educar, crear ciudadanía para el entorno digital. 

¿Cómo se hace? 

En estas tres escalas, que son más de orientación, no hay una agenda concreta: me parece que lo más importante que tenemos que pensar es cuál es el sujeto político de este momento histórico. Si hacemos un relato histórico de esas primeras pinceladas de de democracia era una burguesía que quería proteger su patrimonio frente al poder absoluto. Pero, desde ahí, todo lo demás fue centralmente la clase obrera organizada la que disputó desde la fábrica, desde las calles. Y no solamente sus derechos laborales, sino que estuvieron atrás de todas conquistas: el voto universal, el voto femenino, la caída del apartheid, la caída del Muro de Berlín, la lucha contra la segregación de Jim Crow de Estados Unidos, las fábricas de que incendiaban en Estados Unidos. Siempre estuvo la clase obrera organizada atrás. Hoy es un espacio de desarticulación, de crecimiento, de desempleo. Yo creí que iban a ser los movimientos identitarios los que iban a tomar esa posta porque, citando a Rita Segato, lograban nombrar injusticias que no se nombraban, lograron poner sobre la mesa política. Pero ahí hay una falla, que también se la robo a ella, de una guetificación. O sea, los derechos individuales, las agendas eran sectoriales y no universales, y me parece que ahí hay algo para trabajar. Creo que si hay un trabajo y un esfuerzo, ahí podemos volver podemos repensar un sujeto político que construya políticamente para derechos universales, que me parece que es es la agenda que necesitamos. Nada de esto que dije son fórmulas mágicas, son todos de de artesanía y de trabajar, pero sí me parecen los espacios, las arenas de construir y qué tipo de sujeto político es la que los debería liderar.


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