Victoria O'Donnell es socióloga graduada de la Universidad de Buenos Aires, con una maestría en Métodos Cuantitativos por la Universidad de Columbia. Se desempeña como consultora, docente e investigadora especializada en la intersección entre tecnología, salud mental y comportamientos humanos. Su trabajo se enfoca en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.
Acaba de publicar
Mosaicos: nuevas formas de la soledad en el siglo XXI, de la editorial El Gato y la Caja y con ilustraciones de Paola Maneiro. El libro surge de la intersección entre su formación en sociología y salud pública con una metodología narrativa: crónicas sobre historias reales que ejemplifican las múltiples formas en que la soledad se manifiesta en la actualidad.
En esta conversación con
Política Argentina, O'Donnell profundiza en cómo la soledad dejó de ser un refugio personal para convertirse en un sentimiento indeseado de desconexión incluso en contextos de sobrepoblación.
¿Por qué el libro define la soledad como la nueva epidemia del siglo XXI?
En 2023, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró a la soledad como una epidemia. Una epidemia que, en términos biomédicos, se compara a un efecto en la mortalidad equivalente a fumar quince cigarrillos por día, al sedentarismo, a ciertos tipos de alcoholismo. Con impactos en la salud como aumentar un 26% el riesgo de morirte de un ACV. Lo que dice la OMS es que es muy prevalente, o sea, le pasa a mucha gente. Una de cada seis personas sufre la soledad en ese momento y con tendencia al crecimiento. Ponerlo en términos de salud pública también es una estrategia.
¿Una estrategia con qué objetivo?
Es una forma de decir que la soledad es importante. Pero no es solo importante en el sentido de concluir que alguien se va a morir de soledad. Es decir,
hay determinantes estructurales en la forma en la que vivimos, que hace que haya mucha gente que se siente así, independientemente de la sensación de estar fallando en algo. Entonces, se trata de convertir a la soledad en un hecho social. Y lo ubicamos en el siglo XXI porque creo que hay formas ya muy conocidas - tratadas por el arte y la sociología - de la soledad. Esa idea de alguien que se retira al campo, a escribir, a reflexionar, es una soledad virtuosa, que restaura. Eso en inglés tiene una palabra específica que es
solitude. Pero hay otro tipo de soledad que emerge con más fuerza con el advenimiento de las ciudades que es la
loneliness, en inglés.
¿En qué se diferencian estos dos tipos de soledad?
Esta última tiene que ver con sentirse solo, con una soledad más indeseada.
Es una soledad que se puede sentir incluso estando rodeado de personas. Por eso se produce en la ciudad y aún más con los avances de la tecnología. Esa forma de sentirse solo se reporta con gente alrededor pero sin tener en quién confiar, sin tener un confidente. No tienen quién los acompañe, quién los contenga, los vea, los reconozca. Y no se limita a las personas: es una soledad de las instituciones también. Hay un término nuestro, latinoamericano, de Marcelo Lagarde que es la desolación. Un tipo de soledad cuando las instituciones no te dan ese amparo. Entonces aparecen nuevas formas de soledad.
¿Por qué escribir un libro sobre la soledad?
Publiqué
Mosaicos, editado por
El Gato y la Caja e ilustrado bellamente por Paola Maneiro, para ver cómo aparecen estas figuras novedosas de la soledad. Por ejemplo, un chico que se enamora de una inteligencia artificial. Eso es claramente algo que no pasaba antes: gente que no tiene ningún amigo, gente que se va al campo porque no encuentra en la ciudad una forma de espacialidad restaurativa. Aparecen nuevas formas de la soledad reflejadas en historias reales.
La idea es que, a raíz de esas historias reales, se puede armar este mosaico, esta forma general y conjunta de cómo estamos ante un fenómeno que quizás no entendemos del todo todavía y que tiene una importancia insoslayable.
¿A qué te referís con la paradoja de la tecnología en el desarrollo de herramientas humanas?
Hay una relación bastante interesante entre el desarrollo de la técnica y la soledad. La prioridad parece haber sido la ausencia de fricción, de incomodidad, de espera. La pereza principalmente. Podemos nombrarlo como eficiencia o como reducción de la pereza y del dolor.
Creo que algo de lo que está pasando hoy en día con muchas cuestiones - yo trabajo con abuso de sustancias - tiene algo de una incapacidad de lidiar con el dolor y la aflicción. A lo largo de la historia se ven distintos momentos en los que, cada vez que hay progresos de la técnica, tienen que ver con reducir algo de eso. Podemos verlo en el desarrollo de aplicaciones, por ejemplo: nos ahorran tener que bajar, caminar unas cuadras, hablar con otra persona para comprar comida. Es mejor, evidentemente, para muchas personas y especialmente para generaciones como los
millennials a los que les gusta hablar menos.
¿Qué consecuencias tiene eso?
Esa optimización, con esa prioridad, lo que hace es despriorizar otros sentidos, otros valores vinculados a la solidaridad. Entonces, creo que la soledad tiene estas dos caras: una ausencia de la soledad restaurativa y la necesidad de la optimización.
Estar todo el tiempo conectado, con tu vida virtual permeando tu vida ociosa y sintiéndote estimulado de manera permanente a la vez que te sentís solo. Creo que podríamos haber optimizado hacia otro lado y que todavía tenemos chance de hacerlo dado que fuimos muy exitosos consiguiendo esa eficiencia.
¿Por qué decidiste hablar sobre la cuestión de la soledad a través de historias individuales?
El libro empieza cuando subí a
Substack un texto, se lo pasé a El Gato y la Caja y les interesó el tema. Pero me propusieron un abordaje diferente en base a crónicas sobre historias reales. Para mí fue realmente un desafío porque vengo de la sociología, de la salud pública, de la estadística, en la que todo se habla en un nivel muy agregado y de grupos. Tuve que pensar mucho si podía ir a ese registro que proponía la editorial, que tenía que ver con no darle una entidad abstracta, rozando lo frío de la estadística, sino ponerle cuerpo, voz, terreno y algo de la vivencia que también lo hace más atractivo para leer, más interesante. Creo que, más allá del libro, tenían razón porque es un registro más fácil de entrar que si hubiera sido una mirada más desde arriba, más sanitaria, del asunto. Ese proceso de escribir el libro así me enseñó a pensar de otras formas.
¿De qué formas?
En el tema de la soledad, que es un fenómeno tan nuevo y tan cambiante, en el que cada nuevo desarrollo tecnológico cambia las relaciones sociales, es esencial pensar la reconfiguración constante. Entonces, creo que tener una escucha muy activa, muy pendiente de las personas, de cómo lo vive cada grupo social, es fundamental. Por ejemplo, me pasó con el capítulo de las infancias, que yo venía con una idea de protección, de alerta. Y
cuando fui a entrevistar a chicos, a adolescentes, me encontré con que la tenían re clara. Eran los primeros que decían: la tecnología me hace mal y el problema es que los adultos también están todo el tiempo con el celular. Cuando fui a la historia real, al testimonio, me desafió mucho lo que yo venía pensando teóricamente.
En este contexto, ¿qué hacer?
En otros países vienen experimentando esto con mucha fuerza hace mucho tiempo. Un ejemplo de eso es Japón, hay un capítulo en el libro sobre una influencer que vive allí, y tienen un Ministerio de la Soledad. En Reino Unido también hay una experiencia de una Secretaría de la Soledad. Estados Unidos tiene también una estrategia fuerte sobre el tema. Hay un montón de políticas públicas que se pueden implementar para abordar la cuestión, desde la gestión de sistemas sanitarios hasta cosas más micro también, como la sensibilización de las personas. Tiene que ser un abordaje integral. Ahora bien,
en Argentina estamos en otro estadío porque acá se dan unos procesos en los que todavía convive todo otro mundo que no tiene que ver con ese tipo de soledad. Acá todavía hay tradiciones muy fuertes de juntarse a comer, a mirar el partido, cosas que por ejemplo en Japón ya están extintas.
¿Cómo adaptar entonces esa respuesta a la Argentina?
A veces hablar de este tema acá puede parecer fuera de contexto, aunque está pasando.
Algunas estudios, como los de Gabriel Kessler, indican que en Argentina uno de cada cuatro jóvenes se sienten solos. Entonces, desde lo territorial me parece que es muy importante entender mejor la región. Porque pasan cosas como, por ejemplo, en la Ciudad de Buenos Aires tenemos un 10% de hacinamiento. ¿Cómo hablar de soledad en un lugar así? Bueno, se puede hablar de soledad si entendés que soledad también es sentirte incomprendido, que los vínculos en lugares tan hacinados son muy densos, más familiares que de amistades, de terceros espacios. La soledad se vive de maneras diferentes entre clases y hay que tener una mirada interseccional. Las clases más privilegiadas tienen más tiempo para establecer amistades o conocer gente nueva, tienen más plata, tienen más carga cognitiva, es interseccional también en género. Las mujeres reportan otro tipo de soledad y tienen más que ver con las experiencias que les suceden. Más allá de la depresión postparto de las personas gestantes, también algo de cómo se siente ser invisibilizada en una reunión, las microagresiones. Eso es diferente al tipo de soledad que a veces aparece más en hombres jóvenes, que tiene que ver con que no tienen amigos alrededor. Todo con excepciones, por supuesto. Pero creo que lo primero que recomendaría hacer sería mapear mejor, entender mejor esto de la primera persona. Escuchar más y mejor, sacarse el pudor y la timidez y hablar más, animarse entre amigos a preguntar. Esto lo aprendí de Federico Pavlovsky: cuando la estadística es tan alta no hay que esperar a que el otro te diga “me siento solo”, hay que asumir que a alguno de tus amigos le pasa. Entonces hay que conversar más. Esa escucha es la que nos va a permitir no importar soluciones de afuera y poner el tema en agenda.
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