María Eugenia Ludueña es escritora, periodista y profesora argentina. Actualmente se desempeña como docente en el Posgrado en Periodismo Cultural de la Universidad Nacional de La Plata. Su trayectoria profesional la ha llevado a especializarse en crónica periodística e investigación sobre derechos humanos, campos desde los que ha desarrollado una obra comprometida con los procesos de Memoria, Verdad y Justicia.
Su obra más reciente es el libro
Laura. Vida y militancia de Laura Carlotto,
de la Editorial Marea, una biografía que surgió de una conversación con Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. A través de este trabajo, Ludueña no solo reconstruyó los hechos políticos, sino también la dimensión humana y cotidiana de las víctimas del terrorismo de Estado, buscando legarlo a las futuras generaciones.
En esta entrevista con
Política Argentina, Ludueña reflexiona sobre cómo una historia particular funciona como espejo de toda una generación, por qué la memoria es un objeto de disputa en la actualidad, y cómo las luchas por derechos humanos, feminismo y diversidad sexual se entrelazan en una genealogía común.
¿Cómo surge el proyecto de reconstruir la vida y militancia de Laura Carlotto?
Surge a partir de una entrevista que le hice a Estela de Carlotto para la revista de La Nación en el año 2009, donde le pregunté, entre otras cosas, si guardaba algo para el día en que encontrara a su nieto y para dárselo. Ella me dijo que había recorrido el mundo, llevaba más de 30 años buscándolo. Al principio se traía un souvenir de cada lugar a donde iba: flyers, cosas. Eso empezó a tener un tamaño que la desmadraba, de alguna manera.
Lo que entonces quería era sistematizar o reunir las historias que las amigas de Laura le contaban cuando se la cruzaban por La Plata. Eso era lo que ella quería transmitirle a su nieto y le propuse que lo hiciéramos.
¿En qué sentido la historia particular de Laura funciona como un espejo de toda una generación militante?
Funciona para mí como una historia coral y era una de mis mayores preocupaciones. También creo que era algo que Estela quería, que lo reflejara. Lo dice ella en el prólogo:
no es solamente la historia de Laura, sino que es una historia que habla por las demás, por las otras Laura que no tienen un libro. También me parece interesante mencionar que, cuando empecé a investigar la historia de Laura, había menos biografías que hoy. Y eso me alegra mucho, se han multiplicado los relatos sobre mujeres que tuvieron roles dentro de la militancia.
¿Al principio no fue así?
Los primeros libros que aparecieron sobre los ´70, sobre las organizaciones armadas de los ´60 y los ´70, estaban enfocados en líderes varones, porque eran las cabezas más visibles y quienes tenían los roles de mayor preponderancia. Eran organizaciones jerárquicas y verticalistas, en un punto bastante patriarcales también si las miramos desde hoy. Pero bueno, también trato de mirarlo desde los marcos conceptuales de aquel momento.
Está bueno que hayan florecido muchos relatos en los últimos años de vidas de mujeres. Y eso sí también fue otra preocupación, que hablara por otras historias y que tuviera las voces de muchas mujeres que ocuparon también roles diferentes y que tuvieron historias muy distintas a las de Laura. Eso se refleja en el libro, porque tenés historias de quienes compartieron con ella algunos tramos de la militancia, de quienes compartieron con ella la vida estudiantil, de quienes compartieron con ella espacios de amistad, de compañerismo, de solidaridad. Entonces todas historias de vínculos con la militancia de distintos lugares y también con ser mujeres, incluso en situaciones dramáticas y de una crueldad extrema como pueden ser las compañeras de cautiverio que sobrevivieron en
La Cacha (el centro clandestino de detención en el que ella estuvo secuestrada) y que sus testimonios fueron cruciales para, por ejemplo, saber que tuvo un hijo. Y para, muchos años después, poder dar con
Ignacio (Montoya Carlotto).
¿Cómo te parece que conversa este libro con el clima de esta época?
De una manera muy directa. Porque
es un libro que interpela acerca de la memoria y también acerca de quienes construyen la memoria y cómo la memoria es un objeto de estudio deshilachado, como diría Elizabeth Helin. Y la memoria es sobre el pasado, pero también es sobre el presente y es sobre lo pendiente, ¿no? Creo que también es un escenario de disputa donde puede ocurrir que ciertas voces que fueron silenciadas en determinado momento de la historia, pase a ocupar un espacio central. Como pasó en la Argentina durante algunos años, donde durante todo lo que fue el terrorismo de Estado esto no podía ni ser nombrado. La construcción de la categoría desaparecido, a partir de las nefastas palabras de Rafael Videla, es algo que se conceptualiza un poco después. Porque en ese momento había datos, pero era complicado inferir todo lo que sabemos hoy acerca de lo que ocurrió y ni hablar de todo lo que todavía no sabemos. Creo que los derechos humanos no son materia de debate, pero sí hay debates acerca de la memoria, este pedido de memoria completa, que me parece totalmente insólito.
¿Por qué?
Porque la memoria nunca puede estar completa. Tenemos distintas memorias en todo caso.
Para que podamos hablar de memoria completa - si quisiéramos traer ese debate - tendríamos que romper algunos pactos de silencio que son muy fuertes, sobre todo en Argentina. En otros países, hay personas que quizás con otros regímenes penales han contado algo acerca de crímenes atroces. Pero acá eso no ha pasado, hay como un pacto de silencio. También que todas las personas se ocuparon de tener las manos sucias como para que nadie después se desmarque eso. Entonces creo que es un debate acerca de qué es la memoria, qué es lo pendiente, y básicamente un debate de fondo de cuál es el país que queremos. El país por el que lucharon los y las 30.000, y que encierra a un montón de puntas que todavía no llegamos a dimensionar. Por ejemplo, el tema de los delitos sexuales. El terrorismo de Estado es un tema relativamente reciente, entonces cuando nos quieren hacer creer que estamos hablando de genocidas, que son unos viejitos que hay que liberar, me parece que estamos pasando por alto realmente la especificidad de los crímenes que cometieron y también el daño que esto produjo y que no solo se mide en las vidas de quienes fueron asesinados, sino también de quienes sobrevivieron y los daños que tenemos hoy como sociedad, incluso a nivel político, te diría.
En este contexto, ¿qué hacer?
Yo no tengo recetas, pero puedo decir algunas de las cosas que se debaten o que se conversan en los ámbitos donde estoy, que por supuesto que es un recorte. Creo que es muy importante seguir manteniendo viva la memoria, aunque a veces suene a una frase hecha. Creo que la memoria está viva y también es un proceso que se actualiza todo el tiempo en el presente. Y, justamente, creo que es tan poderoso lo que se construyó a partir de lo que es el legado de las Madres, de las Abuelas, de los organismos de derechos humanos, de los sobrevivientes, de cómo todas esas luchas por los derechos humanos encuentran ahí un punto de tejido. Porque después también las luchas de la diversidad sexual, por ejemplo, de los feminismos, se trenzan con esa lucha como una genealogía. Entonces, me parece que es muy potente eso.
Justamente hoy se genera este avance antiderechos, por resumirlo de alguna manera, o de neofascismos, por la potencia de lo que significa y por la potencia emancipadora que tiene sobre nuestras vidas. Creo que eso es lo que produce, de parte de algunos sectores muy conservadores, ultraconservadores, es el rechazo a que las cosas cambien.
¿A qué se debe ese rechazo?
A que estamos hablando de que cambie todo. Así como en los ´70 la gente creyó que el mundo podía cambiar, lamentablemente esa sensación no la estamos viviendo, de que las cosas pueden cambiar. Pero sí me parece que es muy emancipador lograr un cambio en los modos de trabajar, de vincularnos, de vivir, de cómo hacemos un mundo que sea más equitativo. No igual sino un mundo con condiciones más equitativas y donde las vidas de todas las personas valgan y todas las vidas sean dignas de ser vividas.
Es muy importante seguir construyendo esto y no solo reaccionando frente a los discursos de odio, las avanzadas antiderechos que son muy tremendas, sino también construyendo referencias positivas. Debatiendo cuáles son estos valores, estos mundos, estas formas diferentes que significan visiones emancipadoras y de una verdadera libertad de los cuerpos. Creo que es un momento de apropiarnos, de mantener los sentidos de comunidad y de pertenencia, porque me parece que lo que quieren es fragmentarnos y sentir que vamos perdiendo. Creo que a veces vamos ganando y a veces vamos perdiendo, pero que hay que construir también esos mundos en los que queremos vivir y para eso tenemos que unir las luchas que me parece algo fundamental y no estar fragmentadas cada quien en su marcha o en su lugar o luchando. Lo estoy viendo más eso también: que las luchas se van enlazando entre sí y hay una resistencia organizada. Sobre todo eso: organizándonos y pensando en el mundo que queremos vivir. Con un país con mayor equidad y con derechos para todas las personas que quieran vivir, como dice la Constitución Nacional, en suelo argentino.
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