22.03.2026 / Entrevista PA

Mariana Tello Weis: “La dictadura produjo espectros para disciplinar a la sociedad”

A 50 años del golpe de Estado, la antropóloga analiza cómo la desaparición forzada no sólo aniquiló vidas sino que produjo presencias que persisten: muertos sin sepultura, duelos interrumpidos y una memoria que vuelve como exigencia de verdad y justicia.




Mariana Tello Weis es psicóloga y antropóloga social, investigadora del CONICET y docente en la Universidad Nacional de Córdoba. Desde hace más de dos décadas estudia las memorias de la violencia política en Argentina, con trabajo de campo en espacios como el ex centro clandestino La Perla y una trayectoria enfocada en las experiencias sociales que dejó el terrorismo de Estado.

En su último libro, Fantasmas de la dictadura (2025), propone una lectura poco habitual: pensar la desaparición forzada no sólo como un dispositivo de muerte sino como una práctica que produce presencias. A partir de un enfoque etnográfico, recupera relatos sobre apariciones, sueños y “almas en pena” para indagar cómo los desaparecidos persisten en la vida social, más allá de los marcos tradicionales del análisis académico.

En diálogo con Política Argentina, Tello Weis retoma estos conceptos para reflexionar, a 50 años del golpe de 1976, sobre los efectos duraderos de la desaparición: la imposibilidad del duelo, la irrupción del pasado en el presente y la forma en que los muertos continúan interpelando a la sociedad como una demanda de verdad y justicia.

- ¿Por qué decidiste hacer un abordaje tan poco convencional sobre el terrorismo de Estado?

Desde hace unos 25 años, más o menos desde el 2001, indago sobre la memoria de la represión en investigaciones académicas. Pero, sobre todo, estuve durante más o menos diez años trabajando en un ex Centro Clandestino de Detención que se llama La Perla, en Córdoba. Y ahí era muy frecuente que los visitantes mencionaran comunicación con los muertos, en el caso de los familiares. O bien haber hecho sesiones de espiritismo o consultado médiums. Algunos hablaban de que se les aparecían en sueños. Y también los policías que cuidaban el predio hablaban de la presencia de fantasmas.

- ¿Qué hiciste con esas historias?

Durante muchísimos años las anoté pero considerándolas un poco como curiosidades, no integrándolas a mis preguntas analíticas. Hasta que una colega, Stella Schindel, me dijo: “vos tenés que escribir algo sobre esto porque es importante”. Ellos estaban trabajando sobre eso en un equipo de investigación. Y ahí empecé a plantearme la posibilidad de analizar desde un lugar etnográfico, antropológico, el papel de los fantasmas y también las almas, los espíritus, una serie de figuras que tienen que ver con cierta actividad o existencia en el quantum. Igualmente, me llevó muchísimo tiempo poder resolver qué tipo de existencia tienen las personas después de la muerte, porque en la concepción científica y positivista la existencia se termina con el último aliento. Es la muerte biológica lo que hace que la persona deje de existir. Y esto, sobre todo en el caso de la desaparición, desafía un poco los tiempos, los espacios, la idea de la duración de la vida. La desaparición de alguna manera cancela la posibilidad de hablar de un punto fijo en relación a la muerte. Si bien existe ese punto fijo que es el deceso biológico, la persona no deja de existir en sus universos sociales, no puede ser enterrada, no hay un cuerpo para velar. Entonces la muerte desdobla sus elementos en muchas dimensiones.

- ¿A qué hace referencia la desaparición como producción de espíritus?

El espectro, el fantasma, es una figura social que sirve para hablar justamente de esa producción de una vida póstuma, de un muerto que regresa como una fuerza. La literatura está llena de ese tipo de figuras, desde Hamlet, donde el príncipe reclama a su hijo que lo vengue. El muerto como una fuerza que reclama cosas. Hay una serie de ideas que están en nuestra mente en relación a cuándo se produce un fantasma. Se produce cuando no hay cuerpo sepultado y cuando la muerte es una mala muerte, una muerte violenta, una muerte con sufrimiento. Eso es lo que está nuestro imaginario sobre el fantasma como figura social, más allá de que creamos o no que existen los fantasmas. Entonces vale la pena preguntarse qué pasa cuando son tantos. Una muerte, una producción de muerte tan masiva como fue durante la dictadura militar y una producción de tantos cuerpos insepultos que entraña la desaparición. ¿Cómo no va a generar fantasmas una práctica como la desaparición? Entonces yo ahí tomo un concepto que es un concepto de Mariano Pérez y de Stella Schindel, que habla de la desaparición como una política de producción de espectros, una biopolítica de producción de espectros en pos de disciplinar a la sociedad mediante el terror; y una necropolítica que niega la sepultura también de esa persona produciendo todo tipo de efectos, algunos esperados por los represores y otros inesperados, como la movilización social en torno a esto. Y también el asedio de los fantasmas incluso para ellos mismos.

- ¿De qué manera la figura del desaparecido alteró la forma en que una comunidad y un país pudieron procesar el duelo?

Ahí hay dos elementos. Hay comunidades más grandes y más chicas donde se insertan esas personas, esas personas a las cuales se les niega la muerte. Las más pequeñas y cercanas son las familias, pero también puedo pensar en los amigos, en las instituciones educativas, en lugares de trabajo donde pertenecían a esas personas. En esos grupos se altera mucho la idea del tiempo y del duelo, porque las personas nacen pero no mueren. O sea, ¿cómo es posible que una persona nazca pero no muera? Son dos marcas en el tiempo, de la existencia individual, pero que se insertan en un tiempo más colectivo. Y por otro lado, también altera la experiencia en tiempo para personas que quizás no son contemporáneas y no los han conocido, pero que sí conviven en los mismos espacios. El libro que yo escribí está lleno de experiencias, que son las más recurrentes también en la literatura de fantasmas, que tienen que ver con lugares embrujados, lugares donde los fantasmas asedian. Y es una forma de vivir con fantasmas, en la cual ese pasado, ese pasado como una variedad de tiempo (hablamos del tiempo pasado), se presenta, vuelve de manera reiterativa en el presente y nos pide que hagamos cosas en el futuro, como por ejemplo encontrarlos o hacer justicia por los crímenes de los que han sido objeto.

- ¿Cómo te parece que fue cambiando la forma de esas apariciones, de sentir a los desaparecidos?

Los fantasmas como figura social, los fantasmas, espectros, espíritus, tienen una cantidad de formas de realizar, nombrarse y documentarse. Como antropóloga tengo que respetar. Cada persona, cada grupo tiene una forma de nombrar. Y estas formas también han cambiado mucho a lo largo del tiempo. Voy a contar un par de situaciones que me tocó vivir. Una, por ejemplo, sobre la que estamos muy sensibilizados por la aparición el año pasado de una fosa común que también era una fosa fantasma, en los campos de La Perla.

- ¿Por qué una fosa fantasma?

Porque fueron cincuenta años buscando sistemáticamente dónde podía estar esa gran fosa donde estaban enterradas la mayor parte de las personas que pasaron por La Perla y sin poder encontrarlos. Alrededor de esas apariciones de los restos a veces se dan otras referencias, apariciones de fantasmas, espectros que están contentos, que ríen porque están siendo encontrados. La referencia más recurrente es a que ahora van a poder descansar en paz. Pero no sabemos, el tiempo de los fantasmas son circulares. Aparece una nueva injusticia, aparece algo que de alguna manera demanda ser tramitado y los fantasmas vuelven.

- ¿Qué otro tipo de situaciones encontraste? 

Cuento otra situación en el plano más de lo personal, de gente que convive con esas locaciones donde hay fosas comunes y donde la gente expresa todo el tiempo la idea de estar caminando sobre muertos. O sea, que los muertos, al no estar en ningún lugar, están en todas partes y de alguna manera se hacen sentir en esos lugares. También está la experiencia de las familias. Hay una persona que yo entrevisté, me contó que ella sentía, hablaba, soñaba enteramente con su mamá hasta que un día la llamaron los antropólogos forenses y le dijeron que la habían identificado. Y ella dice que desde ahí la voz se calló. La justicia, la verdad que implica el hallazgo de espectros, algo muy importante en estos días, apacigua a los muertos que nos asedian.

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