31.10.2026 / CRISIS SOCIAL

Costo de vida: las protestas juveniles se extienden por Europa

Protestas encabezadas por jóvenes se multiplicaron durante las últimas semanas desde Francia hasta Portugal, España, Italia, Bélgica y Albania. Aunque las demandas varían entre educación, vivienda, salarios y corrupción, el aumento del costo de vida y la dificultad para construir un futuro aparecen como un denominador común de una generación que se siente relegada.





Las calles de distintas ciudades de Europa se convirtieron durante las últimas semanas en escenario de una serie de protestas protagonizadas, en buena medida, por jóvenes. No existe un movimiento único ni una conducción común: en Francia, la chispa fueron las condiciones de las escuelas; en Portugal y España, la vivienda; y en Albania, la corrupción y el financiamiento educativo. Pero detrás de reclamos diferentes aparece una preocupación compartida: cuánto cuesta vivir y qué posibilidades tiene una nueva generación de independizarse, acceder a una vivienda y proyectar su futuro.

Los datos ayudan a dimensionar el malestar. Según Eurostat, el 24,2% de los europeos de entre 15 y 29 años se encontraba en 2025 en riesgo de pobreza o exclusión social, 3,3 puntos porcentuales por encima del promedio de la población. Una encuesta del Parlamento Europeo mostró, además, que para el 40% de los jóvenes de entre 16 y 30 años el aumento de los precios y el costo de vida constituye una de sus principales preocupaciones, por encima del cambio climático, el empleo, la protección social, la educación y la vivienda.

Francia: de las escuelas al costo de vida

El epicentro de la actual ola de movilizaciones está en Francia. El conflicto comenzó el 17 de septiembre en Créteil, en las afueras de París, cuando docentes, estudiantes y padres reclamaron por la falta de personal en una escuela secundaria. Los videos circularon rápidamente por las redes sociales y las protestas se extendieron a establecimientos de todo el país.

Los reclamos iniciales eran concretos: falta de docentes, cursos superpoblados, edificios deteriorados y dificultades para reemplazar a profesores ausentes. El problema alcanzó tal dimensión que durante las primeras semanas de octubre cientos de escuelas quedaron total o parcialmente cerradas y el gobierno terminó anunciando la incorporación de 3.000 docentes para cubrir vacantes.

Pero el movimiento rápidamente desbordó las puertas de las escuelas. A los estudiantes se sumaron docentes, sindicatos y otros sectores, mientras las consignas comenzaron a incluir el precio de los combustibles, los salarios, los servicios públicos y el costo general de vida. El 17 de octubre se produjo uno de los puntos más críticos de las movilizaciones, con cientos de miles de personas en las calles y graves enfrentamientos, saqueos y detenciones en distintas ciudades.

El gobierno de Emmanuel Macron enfrenta así una protesta que comenzó como una crisis educativa pero terminó exponiendo un descontento económico y social mucho más amplio. La dimensión política tampoco es menor: Francia celebrará elecciones presidenciales en abril de 2027 y tanto la izquierda como la extrema derecha intentan capitalizar el malestar.

La vivienda, el otro motor de las protestas

Si en Francia la educación fue el detonante, en la península ibérica uno de los principales focos de descontento es la vivienda.

Miles de personas, muchas de ellas jóvenes, volvieron a movilizarse en Lisboa para exigir alquileres accesibles. La dimensión del problema queda reflejada en una comparación: un departamento de un dormitorio en la capital portuguesa puede alcanzar un alquiler mensual de alrededor de 1.500 euros, mientras que el salario mínimo es de 920 euros antes de impuestos. Los precios de las viviendas en Portugal aumentaron 147% entre 2015 y 2025 y los alquileres acumularon una suba del 68% desde 2020.

Las protestas portuguesas apuntan contra la especulación inmobiliaria, los desalojos, los alquileres turísticos y la dificultad cada vez mayor para que los jóvenes puedan abandonar el hogar familiar. En España también se registraron movilizaciones y acampes vinculados con el acceso a la vivienda, junto con protestas de docentes por salarios, recursos y condiciones de trabajo.

Italia y Bélgica atraviesan conflictos similares. Allí se combinaron reclamos estudiantiles y sindicales con demandas por salarios, servicios públicos, vivienda y poder adquisitivo. En Italia, los sindicatos convocaron además a una huelga general para noviembre.

Una crisis que golpea especialmente a los jóvenes

La inflación europea se desaceleró respecto de los picos alcanzados después de la pandemia y de la invasión rusa a Ucrania, pero eso no significa que los precios hayan regresado a sus niveles anteriores. Para muchos hogares, y especialmente para quienes recién ingresan al mercado laboral, el problema pasó de la velocidad a la que aumentan los precios al nivel en el que quedaron.

A eso se suma una dificultad estructural: los jóvenes europeos presentan una mayor exposición a la pobreza y la exclusión social que el promedio de la población. En 2025 había unos 17,3 millones de personas de entre 15 y 29 años en esa situación en la Unión Europea.

El malestar también tiene una dimensión generacional. Los jóvenes enfrentan alquileres elevados, empleos más precarios y dificultades para acumular patrimonio, mientras una parte creciente del gasto público europeo se dirige a sostener sistemas jubilatorios de sociedades cada vez más envejecidas. En Francia, por ejemplo, esa discusión apareció explícitamente dentro de las movilizaciones estudiantiles.

No significa que exista una “rebelión europea” organizada. Las diferencias nacionales siguen siendo importantes. En Albania, las protestas tienen un fuerte componente contra la corrupción; en Serbia, un movimiento estudiantil anticorrupción se transformó en un actor político central; en Francia domina la discusión sobre educación y servicios públicos; y en Portugal y España la vivienda ocupa un lugar mucho más visible.

Lo novedoso es que esos conflictos empiezan a superponerse sobre un mismo terreno social: una generación que percibe que las condiciones materiales que permitieron a sus padres acceder a una vivienda, formar una familia o alcanzar cierta estabilidad económica están cada vez más lejos.

Europa llega así al final de 2026 con una sucesión de conflictos que tienen detonantes distintos pero preguntas parecidas. El costo de la vivienda, los salarios, la calidad de los servicios públicos y las perspectivas laborales dejaron de ser solamente problemas económicos para convertirse en factores de movilización política.

La pregunta que empieza a recorrer el continente es hasta dónde puede llegar ese descontento. Francia se encamina hacia una elección presidencial decisiva en abril de 2027 y otros gobiernos europeos también enfrentan calendarios electorales atravesados por el malestar social. Si el costo de vida continúa ocupando el primer lugar entre las preocupaciones juveniles, las protestas pueden ser menos un episodio pasajero que el síntoma de una fractura generacional más profunda.