El secretario de Estado, Marco Rubio, descartó de plano cualquier posibilidad de que Estados Unidos respalde el reclamo argentino sobre las islas, en línea con la tradicional alianza estratégica con Londres. Sus dichos no solo generaron malestar por el tono despectivo, sino que también confirmaron que la cuestión Malvinas no forma parte de las prioridades diplomáticas de la actual administración norteamericana.
El posicionamiento del funcionario expone además las limitaciones de la política exterior del gobierno de Javier Milei, que apostó a un alineamiento automático con Estados Unidos sin obtener, hasta el momento, ningún gesto concreto en temas sensibles para la Argentina. La falta de respaldo en un reclamo histórico como Malvinas refuerza las críticas sobre la estrategia internacional libertaria.
En este contexto, la respuesta argentina se mantiene en silencio oficial, mientras distintos sectores advierten sobre el retroceso en la defensa de la soberanía. La banalización del conflicto por parte de un alto funcionario estadounidense reaviva el debate sobre el lugar que ocupa la causa Malvinas en la agenda global y el rol que decide asumir el Gobierno nacional frente a sus aliados.
La polémica se suma a un escenario interno ya tensionado, donde las denuncias de corrupción y la caída de la imagen presidencial comienzan a impactar en la percepción internacional. Así, la frase de Rubio no solo reabre una herida histórica, sino que también deja al descubierto las contradicciones de una política exterior que privilegia la cercanía ideológica por sobre los intereses estratégicos del país.