26.04.2026 / Entrevista PA

Marcos Schiavi: “Hay que ir al pasado a buscar la raíz de un programa nuevo”

El historiador Marcos Schiavi analiza la apuesta de Revista Porvenir por pensar a mediano plazo, y desde allí reflexiona sobre la crisis del Estado, la pérdida de soberanía y la necesidad de un nuevo sujeto político capaz de proyectar futuro más allá de Milei.





Marcos Schiavi es doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires y por la Université Paris 8. Docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Fue director del Archivo General de la Nación y luego Director Nacional Electoral. Su trabajo académico se centra en la historia del movimiento obrero y el peronismo; entre sus libros están La resistencia antes de la Resistencia y Una alianza que transformó el país (Editorial Futurock).

Desde 2024, integra el consejo editorial de Revista Porvenir, un proyecto colectivo que busca recuperar la tradición de las revistas políticas argentinas como espacios de debate, intervención y construcción intelectual compartida. La revista solo existe en papel, una decisión editorial deliberada para huir de la lógica de coyuntura de las redes sociales. Lleva tres números publicados (diciembre 2024, septiembre 2025 y ahora) con una agenda de temas estructurales: las élites, el trabajo y la democracia.

En esta entrevista con Política Argentina, Schiavi recorre las motivaciones detrás de Porvenir y despliega una lectura más amplia sobre la Argentina actual: la crisis del Estado, el debilitamiento de lo colectivo, la pérdida de soberanía y la necesidad de construir un nuevo sujeto político capaz de proyectar una alternativa en el escenario post-Milei.

¿Por qué hacer una revista en 2026?

Queríamos construir un colectivo de compañeros y compañeras que nos juntáramos a pensar. Lo primero fue la voluntad de tener un espacio donde emitir, plantear ideas, posicionarnos sobre temas, dar nuestra opinión. Sentíamos que ese espacio estaba acotado, particularmente para la identidad política que tiene una parte de la revista. Desde la identidad del peronismo kirchnerista, buscamos construir una emisión. En segundo lugar, las revistas permiten construir un colectivo. Somos seis en el comité editorial y muchos compañeros y compañeras que escriben regularmente. Eso genera un ámbito de socialización que te permite tener charlas sobre los temas sin sufrir solo.

¿Por qué eligieron hacer una revista que solo está en papel?

En primer lugar, nos planteamos tratar de dar debates más generales y no tan de coyuntura. No desenganchados de la coyuntura pero sí evitar la discusión del corto plazo. Tratar de salir de la lógica y del código político que lleva a las redes sociales, más cortoplacista, más violento, en algún punto. Y tratar de dejar escrito en papel algunas ideas para que puedan circular. Sabemos que el impacto que tiene eso puede ser menor en términos de cantidad de gente. Es lógico, un link puede llegar a cientos de miles y una revista en papel llega a menos gente. Sabemos que es un problema pero también lo abrazamos como un camino.

¿Y qué beneficios tiene?

La revista en papel nos permite juntar gente en lugares. Hacer presentaciones, ir a charlas. No importa si somos diez, quince o veinte: partimos de que esa materialidad. Vincularse cara a cara charlar un poco sobre política y sobre lo que nos pasa es enriquecedor. Esa circulación de información y de ideas se hace con más buena fe, en el sentido de que vos tenés un texto para discutir conmigo. Podemos no estar de acuerdo, es lógico, pero salimos de la chicana del cortito del Twitter o de alguna mención en redes sociales.

La revista propone temas estructurales: las élites, el trabajo, la democracia. ¿Cómo definen esa agenda?

Originalmente tenemos un mandato autoimpuesto de sacar diez números porque nos fijamos como un norte que la revista tenga un principio y un fin. No sabemos con qué periodicidad salimos. La primera salió en diciembre del 2024, la segunda en septiembre del 2025 y ahora presentamos el tercer número. La revista sale cuando tenemos los textos, cuando terminamos de trabajarlo.

¿Cómo se construyen los temas?

El primer número tuvo que ver con la clase dominante argentina, las elites, depende del marco teórico que uno quiera tener sobre esos temas. Partía de dos situaciones. Una situación del gobierno de Alberto Fernández, del que yo fui parte y otros compañeros que están en la revista también, que estuvo los cuatro años tratando de vincularse con las élites económicas argentinas de manera no satisfactoria. Por otro lado, lo que veíamos de una clase dominante - expresada en la cumbre del Llao Llao, en las reuniones de la UIA - que abrazaba a una expresión no solo de ultraderecha sino con las particularidades que expresa Milei, un personaje marginal antes de ser presidente. Y que hoy, muchos de esos sectores que abrazan sus ideas, abrazan el rumbo económico, aunque les de dé vergüenza el personaje.

¿En qué sentido? 

Muchas veces en la discusión pública se dice que el presidente, al menos, es genuino. Pero que eso sea genuino no lo hace menos impresentable en muchos sectores. Esa fue nuestra primera pregunta: cómo vincularnos desde el peronismo, desde el kirchnerismo, con una clase dominante que prefiere cualquier otra cosa antes que un candidato nuestro, incluso si el candidato hace todos los guiños posibles para acercarse. Entonces, la primera buscó dar respuestas sobre eso.

¿Y el segundo número?

De ahí salimos hacia el tema del trabajo, básicamente como contracara de la lógica capital-trabajo. No a regodearnos con la idea de lo heterogénea que es la clase trabajadora argentina hoy, sino en la búsqueda de lo que nos une. Porque debatir y decir que la heterogeneidad es alta te paraliza. Entonces, ¿qué hay en común entre un repartidor de Rappi y un delegado de la UOM? Hay mucho y eso es lo que hay que buscar. Nosotros planteamos la idea de que es la clase trabajadora argentina y sus organizaciones parte central de lo que motorizó las mejores expresiones de gobiernos peronistas en el siglo XX y en el siglo XXI en la Argentina.

¿A qué te referís con eso?

Sin los sindicatos de la década del ´40, del ´50 en la Argentina, sin la movilización popular entre trabajadores, movimientos sociales o piqueteros en su momento, y organizaciones de derechos humanos en los 2000, no hubiese habido gobiernos transformadores como fueron los de Perón, en su momento, y los de Néstor y Cristina Kirchner después. El segundo número, entonces, se hace una pregunta sobre el estado de situación de esa clase trabajadora y, sobre todo, sobre el dinamismo o la falta de dinamismo de sus organizaciones sindicales.

¿Y cuál es la conclusión?

Partimos de la idea de que los sindicatos argentinos son, en gran parte, responsables del lindo país que tenemos, el país fraterno y democrático y que tiende a cierta idea de igualdad. La genealogía viene de esos sindicatos. Ahora, dicho eso, vemos una CGT con un desafío muy importante: un mercado de trabajo donde vos tenés casi 50-50 entre trabajo registrado y no registrado. Y la CGT aparece solamente representando a los registrados y dejando huérfano la representación de los no registrados, de los monotributistas. Ahí hay un desafío. No nos paramos en un pedestal a decir qué tiene que hacer o no un dirigente sindical. Pero sí plantear, por ejemplo, en la senda de Saúl Ubaldini, buscar la representación de algo más grande que los afiliados, conectar con una gran mayoría que hoy no tiene posibilidad de afiliarse. Lamentablemente, en la lógica que tenemos hoy de organización sindical, si vos no estás en blanco tenés poquísimas chances de estar en un sindicato. Y eso es un problema, porque finalmente, si vos no te podés organizar en la punta más débil del mercado de trabajo, ¿cómo te defendés?

¿De qué se trata este tercer número?

En esa lógica salió el tercer número que tenía que ver más con irrupciones, con la democracia, con el papel que tiene el pueblo movilizado en la democratización en Argentina. También con la búsqueda de cuál sería el sujeto del post-mileísmo. Son números que se van encadenando: el cuarto, de hecho, va a tener que ver con el territorio nacional, con una idea que atraviesa el tercero, y que seguramente vayamos analizando a través del cuarto, que es la idea de que lo que nosotros tenemos es una crisis soberana, una crisis de la capacidad de los argentinos y las argentinas de gobernar el territorio de nuestro país, de gobernarnos a nosotros mismos. En gran medida, esos temas que son generales tienen un anclaje coyuntural. El primero sobre la clase dominante, a partir de aquellos aplausos iniciales a Milei en el Llao-Llao, cuando los trató de héroes por evadir; el segundo sobre trabajo, atravesado por una reforma laboral inédita en la Argentina desde la década del ´30 en adelante; y el tercero que tiene que ver con las irrupciones y la democracia, que tiene como un disparador el ataque soberano hacia la Argentina y la proscripción de Cristina Kirchner como un punto central.

¿Por qué poner el foco en las irrupciones del pasado para leer el presente?

Nosotros nos sentimos parte de una genealogía. No necesariamente en la genealogía de los próceres sino de la política y la sociedad, que tiene tres mojones importantes: uno en 1945, otro en la década de los ´70 y otro en el 2001. Esos tres mojones son parte constitutiva de lo que nosotros podemos llamar kirchnerismo o peronismo.

¿Por qué?

La movilización de los trabajadores el 17 de octubre de 1945 cambia sustancialmente la dinámica que el propio Perón pensó para un gobierno propio. Perón condujo fuerzas ya liberadas, corriendo. Sindicatos nuevos, jóvenes sindicalistas (la mayoría de los sindicalistas de la década del ´30 y del ´40 tenían entre 30 y 40 años), con una agenda a la ofensiva, una agenda de transformar la victoria política en una victoria social y por ende cambiar la dinámica al interior de los lugares de trabajo, cosa que sucedió en esa década. Y Perón condujo eso, canalizó una irrupción.

¿Y de los ´70, que caracterización hacen?

Fue otra irrupción, que terminó de manera trágica, pero que también expresó un momento de la política no solo en Argentina. Ahí me parece un punto interesante: Argentina no está sola en el mundo, no somos una isla de excepcionalidad en donde lo que pasa acá no pasa en otros lugares. Lo que pasó en Argentina a la salida de la Segunda Guerra pasó en otros lugares. No tuvo el mismo devenir que en Brasil o en Venezuela pero sí se le pareció. Los ´70 en Argentina no son una isla, es imposible pensarlo sin la Revolución Cubana o sin el Mayo Francés.

¿Qué irrupción ven en el 2001?

En nuestro 2001, que es la crisis del neoliberalismo, del Consenso de Washington, también sucedieron cosas en la misma sintonía que llevaron a los gobiernos de Chávez, Lula, Evo. En esas irrupciones, lo que vamos a buscar es lo que tiene de vigente y lo que hay que buscar de nuevo en eso. También, para mí algo muy importante es reconectar, si se quiere, una parte del kirchnerismo con el 2001.

¿De qué manera?

El mandato popular del 2001 era hijo de una crisis de desempleo que atravesaba toda la sociedad. Una crisis de falta de ingresos y sobre todo de falta de horizontes: de qué vas a trabajar y cómo vas a trabajar. En un punto, los gobiernos de Néstor y Cristina buscaban reconstituir una lógica del trabajo como centro identitario. Entonces, esas identidades y esas irrupciones que vamos a buscar en el pasado tienen que ver con construir una línea genealógica que nos lleve a un programa futuro. Y ahí sí me parece que es necesario citar a (John William) Cooke, como hicimos en el primer número: el pasado no es programa pero es raíz.

¿Qué significa eso hoy?

Las herramientas que usaste en la década del ´40, hace 80 años, o que usaste a comienzos de este siglo, tal vez ya no sirvan. Eso no significa que vos tengas que obviar toda tu historia, sino que tal vez hay que ir a buscar ahí la raíz de un programa nuevo. Conectar con lo que te hace lo que vos sos. La idea de comenzar todo de nuevo lo que hace es descafeinar a un peronismo que está lleno de adjetivos: peronismo kirchnerista, peronismo del Conurbano, peronismo feminista. Todos esos adjetivos que necesita el peronismo no hay que tirarlos por la borda: hay que juntarlos y armar algo. Seguramente algo nuevo, posmileísta, en un momento del mundo donde tampoco hay una claridad en todo occidente para dónde ir. Hay una imagen - que me recordó un amigo - que es la idea de la antena. Menem, a principios de los ´90, agarró una antena y vio que había en el mundo. Lo que había era el Consenso de Washington y salió por ahí. Néstor, en el 2003, agarró la antena y era Lula y era Chávez. Y hoy si agarrás la antena tal vez no tengas mucho, no haya nada transmitiendo. El proceso mexicano puede ser el proceso más exitoso en estos momentos, pero en el resto de Occidente es todo desorientación. En ese sentido, ir a buscar al pasado soluciones para el presente y para el futuro es simplemente para saber quiénes somos y de dónde venimos y qué necesitamos de cara a lo que se viene.

¿Ven un nuevo sujeto social a punto de emerger o una subjetividad popular en crisis?

La pregunta es compleja y también interesante. Parto de un par de ideas: primero, que el gobierno de Milei hace unos meses parecía que se quedaban diez años más, que estaban construyendo una nueva hegemonía neoliberal y ultraconservadora para el resto del siglo XXI en la Argentina. Pasan dos semanas y parece que el lunes a la mañana ya no hay gobierno. En ese ida y vuelta es difícil pensar si lo que estamos viviendo es una crisis del pueblo argentino o si en realidad estamos a punto de presenciar una irrupción popular que se lleve puesto al gobierno. Lo que sí me gusta pensar es que a nosotros lo que nos está faltando, de cara a generar una promesa para el pueblo argentino, es más movilización. Lo que nos falta es movilización popular. Eso no significa sentarse a esperar. Para nada. Sí hay que ir buceando y rastreando las agendas, ver por dónde viene la mano. Pero claramente la crisis discursiva que podemos llegar a tener nosotros tiene que ver con que la sociedad hoy no tiene las herramientas organizacionales y de movilización que tenía antes.

¿Por qué?

Básicamente, porque lo que se nos opone a nosotros busca de manera permanente horadar lo colectivo. Lo colectivo expresado en sindicatos, movimientos sociales, clubes de fútbol, partidos políticos. Si rastreás las opiniones del círculo rojo y la clase dominante argentina sobre esos actores son negativas. Entonces, el desafío es tratar de reconectar con lo colectivo, tal vez no necesariamente con las mismas formas. Cuando hablamos de sindicatos, por ejemplo, para nada pienso en que hay que tirar todo por la borda. Estamos orgullosos del modelo sindical que tenemos pero no olvidemos esto: ese modelo sindical era moderno en 1940. ¿Eso significa que hoy no sirva? No, pero sí que no tenemos que estar cerrados a otras formas sindicales de organización. Porque al final del camino, por ejemplo, los trabajadores de Rappi se van a organizar. Tal vez no con la forma que se organizaron los trabajadores de la Unión Ferroviaria hace 100 años, pero sí va a haber un colectivo. Me parece también que no hay que perder de vista la idea del tiempo.

¿Qué idea de tiempo?

Las sociedades tienen que atravesar los procesos. A veces esos procesos son más rápidos y otras veces menos. Pero este proceso que está viviendo, donde está en crisis la figura del Estado, seguramente lleve a contradicciones diferentes a las que vivimos en los últimos años. Donde la centralidad de las esperanzas y las quejas de los ciudadanos argentinos era el Estado. Nosotros atravesamos una clara crisis del Estado contra lo liberal, la idea de que hay un Estado que te controla, que no te cuida, que te cobra y no te da servicios. Si el Estado se corre de esa centralidad, la dinámica social va a hacer aparecer otras contradicciones.

¿Cómo impacta esa transformación en la forma de pensar el sujeto político hoy?

El desafío que tenemos es entender que tenemos dos grandes crisis. Una del Estado nacional y otra de la idea de Nación. La crisis del Estado no es nueva, el Estado también estaba en crisis en 2001. Y la reconstrucción del Estado y del peronismo es hija de ese 2001. Un ejemplo para pensar: hoy hay mucha más gente con tatuajes de Perón o de Eva que en 2001. En ese momento, el peronismo era Menem, Duhalde, Ruckauf, Reutemann. Los gobiernos de Néstor y Cristina reconstruyeron dos cosas: el peronismo y el Estado nacional. Claramente hoy tenemos en crisis todas esas variables y a eso se suma una crisis sobre la idea de Nación, entendida como fraternidad.

¿Cómo es esa crisis de Nación?

La idea de que un mendocino y un quilmeño tienen agendas comunes, que somos argentinos todos. El provincialismo que se fue profundizando en el interior del país, con causas justas o injustas, pero es lo que sucede. Hace que los problemas de los mendocinos no lo vaya a resolver la Nación, sino que lo van a resolver los mendocinos. Pongo los mendocinos, pero pueden ser misioneros, los rionegrinos, lo que sea. Y esa crisis de lo nacional tiene traducciones en la amenaza a lo soberano, que es para mí el punto central de lo que se viene: tenemos una crisis de soberanía.

¿Cómo se expresa eso?

Se expresa desde un mega endeudamiento que hace que, para tomar alguna decisión económica, tengas que hacer gestos o al FMI o a los mercados, esa abstracción de los mercados. Entonces, el margen de movimiento del que gana con millones de votos es acotado. Está acotada también la soberanía popular por un Poder Judicial que, en una parte importante, se partidizó. El caso paradigmático es la proscripción de Cristina, entre muchas otras cosas. Entonces tenés esas limitaciones. Sumándole una potencia como Estados Unidos con un lineamiento de injerencia en América Latina. En nuestro país, el año pasado fue transparente y el éxito de aquella “primavera mileísta” de octubre tuvo en gran medida que ver con una decisión política que se tomó en Estados Unidos. Entonces, la pregunta que que abre la crisis democrática en Argentina es: ¿para qué sirve votar si finalmente después las decisiones se toman en otro lado? Creo que ese es el desafío central de lo que se viene y no tanto una discusión sobre el programa económico o las políticas públicas. Lo que está en duda es si los argentinos podemos gobernarnos nosotros mismos. Y ante eso creo que la búsqueda de ese sujeto tiene mucho que ver con esa crisis soberana.

¿Por qué?

Necesitamos un mandato popular. Un mandato, un para qué. El mandato lo pone la sociedad: necesito esto y ese mandato te da la capacidad de hacer una promesa. Y un propósito. Reconstruir el Estado nacional sin propósito nos va a llevar a los mismos problemas que tuvimos en el gobierno anterior. Hay que tenerlo claro: a partir de ese mandato popular, cuál es el propósito central, los puntos centrales que necesita un Estado reconstruirse, que es lo que claramente necesitamos.

¿Cómo se reconstruye la confianza en la política frente a una mirada dominada por lo técnico?

Primero, si la idea que atraviesa la sociedad es que finalmente la política perdió su capacidad de doblar el destino, de cambiar las cosas, es muy difícil reconstruir el vínculo entre la sociedad y la  política. En segundo lugar, saber que cualquier regreso de la política en su forma más participativa necesita reconocerse como un regreso y como una adaptación. Un regreso significa que vos te vinculás con una historia y esa historia es la que hace que una promesa no sea vacía. Y una adaptación porque claramente ese regreso no puede ser igual que el de hace una, dos o tres décadas. El otro punto central está en la discusión entre lo político y lo técnico. Hay bibliotecas enteras sobre ese punto. Me parece que lo técnico, en un momento en donde lo que está en discusión son los grandes trazos, tiene que ir para un segundo momento. Claramente necesitas un programa, lineamientos generales, ¿pero cuál es tu promesa para la sociedad? La política pública particular en gran medida depende de factores más grandes que esa política.

¿A qué te referís con eso?

Si uno no tiene claro cuáles son los instrumentos que tiene, cuál es su capacidad de acción, si tenés un Estado que responde o no responde, antes que la política pública necesitás reconstruir eso. Y esa reconstrucción, en la coyuntura en la que estamos, solamente se va a dar con un proceso de más democracia. Más democracia significa plantear que la caída de diez puntos de participación en las elecciones es un problema. Hay que ir a buscar más gente para que vaya a votar, convencerla de que ese voto sirve para algo, que no son promesas incumplibles. En segundo lugar, que en la sociedad se vuelva a reconstituir una lógica colectiva que aumente la participación. Hoy lo que tenemos es un claro reflujo: cada vez hay menos gente participando y sintiendose parte. Es una crisis que ya lleva muchos años y en algún momento hay que revertir esa lógica. Un tercer punto es intentar salir de la lógica en donde predomina la idea de que esto se resuelve con imaginación política. No solo se resuelve con eso. No es una cuestión de un alquimista que descubre qué idea moviliza más. Hay que que conectarse más, estar más cerca de una sociedad que claramente hoy está cansada. Lleva una década de pérdida de ingresos y, en el horizonte, lo que ve es un capitalismo global en el que no hay lugar para el trabajo argentino. Eso me parece uno de los puntos más difíciles de solucionar para el mileísmo y también para nosotros.

¿El futuro?

Si vos tenés 18, 20 años y tenés la suerte de estudiar no sabés para qué estudias, no sabés de qué vas a trabajar. La idea del “pibe de Rappi” te alcanza uno, dos años. Pero a los 30 años querés formar una familia y eso ya no sirve. Si no hay horizonte laboral no hay esperanzas. Por eso, más allá de la idea de que “no existe alternativa” - claro que tenemos una alternativa - tenemos que romper cierta lógica de un destino manifiesto del capitalismo vernáculo.

¿Cómo se hace?

Hay que ponerle nombre a los problemas. Decir: tenemos un problema con el AMBA, tenemos un problema con el vínculo provincias-Nación, con provincias fuertes y la Nación débil. Entonces, la posibilidad de negociar a nivel global como un solo país se vuelve cada vez más complejo. Está lleno de acuerdos entre megacorporaciones extractivistas y provincias que claramente van en una situación de debilidad esa negociación. Tenemos un Poder Judicial que no da respuesta  a los ciudadanos, etc. Tenemos un problema, y la Ley de Glaciares lo dejó en claro, en cómo administramos la situación de que los recursos naturales sean de las provincias cuando el problema ambiental es global. Entonces, esos puntos me parece que es una manera de reconectar. Hay que salir del enunciado de hay que pensar: hay que construir y hacerlo.