04.04.2026 / Sucesión en la ONU

La sucesión en la ONU abre una disputa global y reposiciona a América Latina

La próxima renovación de la Secretaría General reactiva tensiones entre potencias, reclamos de representación regional y el debate sobre el futuro del multilateralismo. América Latina busca capitalizar el recambio en un contexto de crisis de liderazgo global.



La futura renovación del liderazgo de la Organización de las Naciones Unidas reabre una discusión que combina reglas formales, equilibrios geopolíticos y disputas regionales. Aunque el proceso de selección suele desarrollarse sin competencia abierta, en la práctica funciona como una negociación entre las principales potencias y los bloques regionales, con el Consejo de Seguridad de la ONU como instancia decisiva.

El cargo, que actualmente ocupa António Guterres, tiene un peso político que excede su rol administrativo. La Secretaría General opera como un actor diplomático, mediador en conflictos y portavoz del sistema multilateral, lo que vuelve su designación un punto sensible en un escenario internacional fragmentado.

El mandato de Guterres finaliza el 31 de diciembre de 2026, ya que fue reelecto para un segundo período de cinco años al frente de la Organización de las Naciones Unidas. Aunque la designación formal de su sucesor suele resolverse en los meses previos, el proceso político y diplomático empieza bastante antes: las negociaciones entre regiones y potencias, la circulación de candidaturas y la búsqueda de consensos en el Consejo de Seguridad de la ONU suelen activarse con al menos un año de anticipación.

Reglas informales y poder real

El proceso de selección no está completamente reglado. Formalmente, el Consejo de Seguridad propone un candidato que luego debe ser aprobado por la Asamblea General. Sin embargo, el sistema de veto de las potencias permanentes - Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido - condiciona cualquier candidatura viable.

A esto se suma una práctica no escrita: la rotación regional. Aunque no está establecida en la carta fundacional, esta lógica busca equilibrar la representación global. En ese esquema, América Latina aparece como una región con argumentos para reclamar el cargo, ya que nunca ha ocupado la Secretaría General.

América Latina entra en la conversación

La posibilidad de que la próxima conducción recaiga en un dirigente latinoamericano comenzó a ganar espacio en los debates diplomáticos. El argumento central es la subrepresentación histórica de la región en los máximos cargos del sistema internacional, en contraste con Europa, Asia y África, que ya han tenido secretarios generales.

Además, distintos gobiernos latinoamericanos impulsan la idea de que el próximo liderazgo debería reflejar cambios más amplios en la gobernanza global, incluyendo una mayor presencia del Sur Global. En ese marco, también aparece con fuerza la demanda de que sea una mujer quien asuma el cargo, algo que nunca ocurrió desde la creación de la ONU.

Los nombres que empiezan a sonar

Aunque el proceso formal aún no está abierto, en ámbitos diplomáticos ya circulan posibles candidatos. Entre ellos aparece Rebeca Grynspan, exvicepresidenta de Costa Rica y actual titular de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, con trayectoria en organismos internacionales.

También se menciona a Mia Mottley, una de las voces más activas del Caribe en debates sobre cambio climático y financiamiento global, que ganó visibilidad por su agenda en foros multilaterales.

Otro nombre en circulación es el de Michelle Bachelet, quien ya ocupó el cargo de alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos y cuenta con experiencia en el sistema internacional. Esta semana se supo que el gobierno de José Antonio Kast le retiraría el apoyo a la candidatura, aunque mantiene el respaldo del presidente de Brasil, Lula da Silva, y de la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum.

Desde África, aparece Amina J. Mohammed, actual número dos de la organización, con amplio recorrido en políticas de desarrollo y gestión dentro del propio organismo.

Una elección atravesada por la crisis del multilateralismo

La discusión sobre la sucesión no ocurre en un vacío. La ONU atraviesa cuestionamientos sobre su capacidad de respuesta frente a conflictos armados, crisis humanitarias y tensiones entre grandes potencias. El funcionamiento del Consejo de Seguridad, en particular, es objeto de críticas por su parálisis ante disputas donde intervienen actores con poder de veto.

En ese contexto, la elección del próximo secretario o secretaria general adquiere un carácter más amplio: no solo define un liderazgo, sino también el rumbo político del organismo. Las expectativas oscilan entre quienes buscan una figura con mayor capacidad de iniciativa y quienes priorizan perfiles más moderados que eviten confrontaciones con las potencias.

Candidaturas, equilibrios y negociaciones

Aunque las postulaciones formales suelen presentarse más cerca del proceso de selección, la construcción de una candidatura viable comienza con anticipación. Requiere equilibrar apoyos regionales, evitar vetos en el Consejo de Seguridad y proyectar una imagen de consenso aceptable para actores con intereses divergentes.

Este equilibrio suele derivar en figuras con trayectoria diplomática o política, capaces de articular posiciones en un sistema internacional cada vez más fragmentado.

Una disputa que excede un nombre

La renovación de la Secretaría General sintetiza debates más profundos sobre el orden internacional. La tensión entre potencias, la demanda de mayor representación del Sur Global y las críticas al funcionamiento de los organismos multilaterales confluyen en una elección que trasciende a la figura individual.

Para América Latina, la discusión representa una oportunidad de incidencia en un sistema donde su peso político ha sido históricamente limitado.