
La crisis habitacional en Argentina alcanza un punto crítico. Según datos recientes, el 40% de las familias que alquilan deben recurrir a préstamos bancarios, tarjetas o billeteras virtuales para cubrir su vivienda y gastos básicos. El problema no es solo el precio, sino la falta de empleo registrado que impide a muchos cumplir con las garantías tradicionales y bonos de sueldo exigidos. Esta barrera obliga a los inquilinos a buscar alternativas como el seguro de caución o el "co-garante" para sobrevivir a la burocracia inmobiliaria.
La situación refleja una desconexión total entre los salarios promedio y el costo de vida actual, forzando a las nuevas generaciones a compartir gastos o postergar su independencia.
EL SECTOR MÁS PERJUDICADO: LOS JÓVENES
El acceso a la vivienda se convirtió en una barrera cada vez más difícil de superar: con alquileres que rondan los $500.000 y salarios promedio que no alcanzan para cubrir los gastos básicos, la falta de crédito y la informalidad laboral consolidan una tendencia que ya afecta a todo el país
Cuatro de cada diez jóvenes argentinos entre 25 y 35 años no logra independizarse y continúa viviendo en la casa familiar, un fenómeno que afecta a todo el país y que, según destacó la politóloga especializada en políticas urbanas, María Migliore en Infobae en Vivo A las Nueve, se consolida como un problema nacional. La dificultad para acceder a una vivienda en Argentina, el alza de los alquileres y la falta de acceso a un crédito hipotecario aparecen como los principales obstáculos para la autonomía juvenil.
La imposibilidad de independizarse entre los jóvenes argentinos responde a una suma de factores económicos y sociales: salarios que no acompañan la suba de los alquileres, escasez de créditos y una alta informalidad laboral dificultan cumplir los requisitos para acceder a un alquiler o adquirir una propiedad. El alto costo de vida y la ausencia de políticas públicas específicas hacen que esta situación no se limite a Buenos Aires, sino que se extienda a ciudades de todo el país y se agrave en la última década, con una tendencia estable o en aumento. La Fundación Tejido Urbano identificó que la cifra de “cuatro de cada diez” jóvenes sin independencia habitacional tiene alcance nacional y no es exclusiva de grandes ciudades ni de alguna clase social.
EL ACCESO A LA VIVIENDA
El peso de los alquileres sobre los salarios representa la principal dificultad. En la Ciudad de Buenos Aires, el alquiler de un monoambiente asciende a $500.000 mensuales a comienzos de 2026, mientras que el salario promedio de un joven es de $900.000, lo que obliga a destinar más del 50% de sus ingresos mensuales a la renta. Este desequilibrio deja poco margen para el ahorro y limita la posibilidad de planificar un futuro autónomo. El acceso a un contrato de alquiler también se complica por la falta de empleo formal, que impide cumplir con depósito de garantía o conseguir garantes, barreras que afectan a buena parte de la población joven.
Además, el porcentaje de crédito hipotecario sobre el PIB en Argentina es “inexistente” en comparación con países como Chile o Brasil. Solo un reducido segmento consigue ahorrar lo suficiente para acceder a créditos formales, lo que deja fuera del mercado a la mayoría. Durante los últimos diez años, la proporción de jóvenes sin independencia supera el 36%. En muchos casos, quienes intentan alquilar o comprar una vivienda terminan regresando a la casa familiar o postergando el proyecto de vida autónoma por tiempo indefinido.
Los países más desarrollados y sus ciudades modelo como Viena, París y Nueva York poseen políticas públicas que promueven la vivienda para jóvenes a través de subsidios habitacionales, reducción de costos iniciales y un alto porcentaje de viviendas con precios regulados. El rezago frente a estos modelos internacionales se atribuye a la escasa inversión estatal y a la ausencia de estrategias integrales para ampliar la oferta habitacional accesible. Para el caso argentino, expandir los subsidios y la construcción de viviendas asequibles surge como alternativa para revertir la situación.
Las dificultades económicas se ven acompañadas por transformaciones culturales y en los patrones de consumo. Migliore rescató que “antes criabas con muchas menos necesidades”, y que la sociedad de consumo se expandió a todos los sectores. Estas nuevas demandas, junto con el deterioro del poder adquisitivo, cambiaron la composición y las dinámicas de los hogares jóvenes.
A diferencia de otras generaciones, muchos jóvenes deben afrontar en soledad los costos del alquiler, ya que la cantidad de ingresos familiares disponibles disminuyó notablemente. Lo que antiguamente eran dos ingresos los que se sumaban, hoy muchas veces los jóvenes deben afrontar solos el pago del alquiler. El grupo de entre 30 y 35 años resulta especialmente afectado, ya que la dificultad para sostenerse los obliga a regresar al hogar de origen. También pesa la falta de educación financiera y la erosión del valor del dinero, lo que dificulta reunir un ahorro que permita adquirir una vivienda. La alta inflación implicó, como sintetizó Migliore, que “el ahorro era insignificante”, eliminando la posibilidad de planificar a largo plazo.