Juan Villulla: “más que amigarse con el campo, el peronismo debería amigarse con sus clases populares”
El sociólogo e historiador analiza las transformaciones del agro argentino y cuestiona la idea de "el campo" como un bloque homogéneo representado exclusivamente por grandes empresarios. En diálogo con Política Argentina, advierte sobre la concentración del capital, el poder de las cerealeras y las condiciones laborales de los trabajadores rurales, y plantea la necesidad de que el campo nacional y popular vuelva a disputar políticamente el interior pampeano.
El sociólogo e historiador Juan Manuel Villulla propone correr la mirada de los grandes propietarios, las exportaciones récord y la innovación tecnológica para observar a quienes permanecen detrás de la postal dominante del agro argentino: los trabajadores rurales.
Docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Villulla estudia desde hace años las transformaciones del trabajo en la agricultura pampeana y las relaciones sociales que sostienen al modelo de agronegocios. En su libro Las cosechas son ajenas. Historia de los trabajadores rurales detrás del agronegocio, publicado en 2015, buscó discutir precisamente la imagen de una Pampa convertida en un gran "territorio empresario", dominado por la tecnología y las relaciones horizontales entre emprendedores. Detrás de ese relato, sostiene, persisten relaciones de poder, explotación laboral, bajos salarios, informalidad y extensas jornadas de trabajo.
En diálogo con Política Argentina, Villulla analiza quiénes ganaron y quiénes perdieron con las transformaciones del agro de las últimas décadas, pone el foco sobre el poder que adquirieron las grandes cerealeras y plantea una discusión política: para volver a disputar el interior pampeano, el campo nacional y popular debería dejar de identificar "el campo" exclusivamente con su cúpula empresaria y reconectar con los trabajadores y sectores populares que viven allí.
¿Con qué imagen del agro argentino buscás discutir en el libro Las cosechas son ajenas?
Con dos imágenes que para mí eran erradas de algún modo. La primera, la principal, era la imagen que los agronegocios daban de sí mismos: transformaban a la Pampa húmeda argentina en un territorio empresario. Donde solamente había empresarios y donde todo el mundo ganaba, donde las asimetrías y los antagonismos se habían reemplazado por una suerte de producción en red que horizontalizaba todas las jerarquías y asimetrías que yo creo que hay. Traté de ver cuál era el "lado B" de los agronegocios en el corazón de la nueva Pampa argentina. De algún modo, Las cosechas son ajenas creo que le raya el auto a ese relato porque corre la cortina y ve relaciones de poder, relaciones de explotación, miserias, jornadas prolongadas, esfuerzo físico, trabajo material, barro, olor; donde antes había solamente tecnología, conocimientos y todo muy inmaterial y abstracto, que es un poco la lógica de lo financiero llevada al agro. Justamente, ahí lo que traté de mostrar es que todo eso se basa en la explotación del trabajo asalariado, en jornadas prolongadas, en accidentes en el trabajo y en todo lo que era el mundo del trabajo de esa Pampa empresaria. Por otro lado, también debatí con una idea que asumía en espejo, desde el campo popular, esa imagen que el agronegocio daba de sí mismo. Esa idea de que la pampa era un "desierto verde" en términos de sujetos populares, que era un territorio empresario, y que el sujeto popular estaba o bien entre los campesinos indígenas de la Puna, la Cordillera o algún otro lugar de la Argentina, o en pequeños productores de otros lugares, como pueden ser los cinturones hortícolas del Gran Buenos Aires, de las grandes ciudades del interior o agricultores familiares de manera marginal.
¿Qué implica esa asunción desde el campo popular?
Eso llevaba a abandonar la Pampa a ese nuevo empresariado de los agronegocios, asumiendo que eso era así, y a tratar a la Pampa húmeda argentina como un territorio empresario lleno de renta y dinero con el cual solamente había que discutir impuestos, recaudación y negociar como con un adversario. Creo que el aporte del libro es ver que ahí había un "lado B", que había clases populares y que había un sujeto del cual dependen los agronegocios, al cual el campo nacional y popular podría interpelar.
Cuando escuchamos que "al campo le va bien", ¿a quién le está yendo bien?
En general, en los medios o en las redes, se habla del empresariado agrícola, es decir, el empresariado vinculado a la exportación de soja, maíz, trigo y derivados; o, en un segundo nivel, al viejo empresariado ganadero vacuno, muy tradicional en Argentina. La representación de eso es lo que habla en nombre "del campo", se arroga la representación de algo que en rigor no representa, porque no hay solo empresarios y tampoco son esas las únicas producciones que hay en el campo argentino. Tenemos un país enorme, con diversidad de producciones y sujetos sociales. Por lo tanto, es muy difícil hablar "del campo", pero se ha impuesto "el campo" como significante de esos núcleos empresariales. Es muy importante que el campo nacional, popular y de izquierda sepa que cuando hablamos del campo no hablamos solamente de eso. De otro modo, se corre el riesgo de no disputar la hegemonía de ese territorio, de esa zona de la sociedad argentina, de un territorio muy extenso, muy rico, muy heterogéneo y muy contradictorio. Cuando se habla en medios masivos o portales de noticias de que "el campo le planteó al presidente tal cosa", "el campo está bien" o "el campo está mal", hay que tomarlo muy con pinzas y ver de qué estamos hablando exactamente en cada situación concreta.
¿Quiénes fueron los grandes ganadores y los grandes perdedores de la transformación agrícola de las últimas décadas?
Los propietarios de tierras y los capitales que supieron entender la nueva lógica del capitalismo local y mundial a partir de flujos más flexibles, de una lógica financiera, de no quedar siempre atados a la propiedad de la tierra y de incorporar tecnologías sin necesidad de comprarlas o generarlas, es decir, alquilándolas. Los grandes ganadores de este período se pueden identificar, sobre todo en la Pampa argentina, como una cúpula empresaria compuesta por grandes propietarios de tierras, pero sobre todo por grandes propietarios de capital. Un capital que se fondea de maneras bursátiles, consiguiendo accionistas de distinto tipo, desde pequeños ahorristas con un excedente hasta grandes capitales internacionales y que logran armar grandes capitales en condiciones de disputar la tierra, no siempre ni principalmente para comprarla, sino para alquilarla por una temporada. Alquilar las mejores tierras, sacarle el máximo beneficio en el menor plazo posible dentro de lo que permite el agro y acoplarse o desacoplarse de los ciclos de precios. En la fase rural de la producción, diría que esos son los ganadores. Pero, por otro lado, creo que en el caso de los agronegocios en la Pampa también hay que prestar atención a los proveedores de tecnología de insumos - que en general son monopolios o grandes empresas a escala global - y, sobre todo, a un actor muy opaco que queda por fuera del radar de la discusión pública casi siempre: las llamadas "cerealeras".
¿Quiénes son?
Estoy hablando de Bunge, Cargill, COFCO, que son el actor que al final de la cadena agrícola verdaderamente exporta. Uno dice "Argentina exportó tanta cantidad", pero en realidad lo exportó Cargill, Bunge o COFCO. Son quienes están en posición de apropiarse de parte de la renta agraria argentina y son, en definitiva, el embudo macroeconómico de la Argentina con el mundo. Si la mitad de nuestras exportaciones responden a este complejo, significa que quienes están sentados arriba de esos dólares en posición de negociar con el Estado argentino y con los productores son estos grupos al final de la cadena. Con la liquidación de la Junta Nacional de Granos y la privatización de los puertos, el propio Estado argentino, durante las reformas entre 1989 y 1991, le cedió a este consorcio empresario un poder inusitado. No solo sobre la cadena agrícola propiamente dicha - estar en posición de negociarles puntos del precio a los productores -, sino sobre todo estar en posición de negociarle el tipo de cambio a ministros de Economía y condicionar gobiernos. El año pasado tuvimos un episodio por medio del cual durante 48 horas hubo retenciones cero y luego se volvieron a instalar, donde a partir de ese tipo de maniobras lograron hacerse de entre 2.000 y 3.000 millones de dólares en dos días. Argentina negocia préstamos y refinanciamientos con el Fondo Monetario Internacional por esos montos, y estos grupos están en condiciones de negociarle eso al Estado. Ahí me parece que hay que reponer arriba de la mesa a estos grupos como parte de los ganadores y de los verdaderos condicionantes para la soberanía nacional y para que la Argentina vuelva a disponer de su propio excedente. Argentina pone la tierra, la fase ineludible del proceso productivo, pero el control del proceso productivo queda en manos de grandes consorcios tecnológicos "aguas arriba" del negocio, mientras que "aguas abajo", en el momento final de la cadena, vuelve a quedar en manos extranjeras principalmente a través de las cerealeras. Ahí están los grandes ganadores de los últimos años.
¿Y los perdedores?
Por el lado de los perdedores, las economías de escala que demanda el nuevo paquete tecnológico, el conocimiento de los mercados y la posibilidad de financiarse han dejado fuera de la carrera a cientos de miles de pequeños y medianos productores. Es importante saber que desde la década del ´80 hasta la actualidad desaparecieron la mitad de los pequeños y medianos productores que tenía la Pampa argentina. Esto es lo que ha abonado la idea del "desierto verde". Lo que es necesario entender es que después de los ´90, cuando este proceso fue más traumático porque estaban perdiendo la propiedad de la tierra, quienes sobrevivieron a las primeras hipotecas pero no estaban en condiciones de llevar por sí mismos la producción por estas economías de escala, se transformaron en cientos de miles de mini terratenientes, de mini rentistas. Invirtieron la relación clásica que hubo a principios del siglo XX en Argentina entre el gran terrateniente y el pequeño chacarero arrendatario. Ahora es el ex chacarero propietario el que le cede su tierra en alquiler al gran capital agrario. Esto genera la idea del "desierto verde" porque no permite ver estos "lados B" que no aparecen en los censos agropecuarios, pero que se perciben transitando los pueblos del interior pampeano: esa gran masa de pequeños propietarios que tiene una alianza funcional con este gran capital. Si en los ´90 la concentración fue por las malas, en lo que va del siglo XXI la concentración es por las buenas.
¿Por qué “por las buenas”?
Estos pequeños propietarios cobran una suerte de indemnización por su retiro de la producción en forma de renta. Esa renta, si bien no derrama en forma de salarios altos, derrama en forma de consumos en los pueblos del interior (locales de ropa, bancos, viajes al exterior). Esa renta lubrica y amortigua las contradicciones de un modelo concentrador que excluye a una parte pero la reacomoda en nuevas funciones. Por último, los grandes perdedores son los trabajadores y trabajadoras agrícolas. El agronegocio depende en última instancia de su trabajo sobre la tierra, arriba de las máquinas, y cobran una parte muy pequeña en relación a lo que producen. El sector agropecuario argentino en general gana el doble a través de la renta que el resto de la economía en promedio y, sin embargo, paga de los peores salarios de la economía argentina, tiene el doble de informalidad laboral y los salarios de estos operarios no reportan más del 2 % de la facturación del negocio. Se da la paradoja de que es un sector que tendría con qué, pero fruto de la dispersión en el tiempo y el espacio de estos trabajadores agrícolas, logran descargar sobre ellos buena parte de esta rentabilidad que parece creada solo por el talento y el conocimiento de la propia cúpula empresaria. Por eso Las cosechas son ajenas trata de descubrir ese secreto oculto detrás de lo que solo era éxito, empresas en red y conocimiento. Un éxito "asegurado" para todo aquel que pasara a darse cuenta de cómo funciona este sistema, como proponía alguna de las fundaciones a principios del 2000 (como la de Víctor Trucco, que se llamaba Darse Cuenta). Si cada uno se daba cuenta, podía ser ganador si entendía cuál era su lugar en ese nuevo mundo.
¿Qué significaba “darse cuenta”?
Para ellos no había ningún problema ni antagonismo estructural, sino un problema de darse cuenta o no: quien no gana es porque no se dio cuenta. Por eso algunos empresarios propiciaban, sobre todo después de 2008, espacios de diálogo con movimientos sociales y de la agricultura familiar, porque profesaban que todo se trataba de entenderse en mesas de diálogo que parecían eliminar los antagonismos respecto a los salarios, las escalas, la tierra o la contaminación de la gente, las aguas y las tierras, que afecta a las comunidades que viven en la ruralidad (chicos que van a la escuela, docentes rurales).
En este contexto, ¿qué hacer?
"¿Qué hacer?", esa vieja pregunta de la política. Hay que ver quién es el que hace: si el que hace es un gobierno o si es el movimiento nacional, popular o de izquierda en Argentina. Me pararía en esta última opción. Por hacer en términos políticos, creo que es urgente que el campo nacional y popular vuelva a conectar con una tradición plebeya en la Pampa argentina. Atahualpa Yupanqui es de Junín, nació en Pergamino, se crió en Junín; Haroldo Conti era de Chacabuco; César Aira es de Pringles. ¿Qué pasa ahí que el campo popular no conecta con esas cosas que pasan en el interior de la Pampa? Creo que tiene mucho para conectar con el mundo gaucho, que tiene que ver más con el mundo ganadero, o con el último destino que eligió (Ricardo) Iorio. En la Pampa argentina hay mucha de la tradición nacional y popular que sigue residiendo allí y que se ha dejado de conectar por considerarlo un "desierto verde" patrimonio de empresarios. Cuando a veces se debate que el peronismo debería amigarse con el campo, creo que debería amigarse con las clases populares y las clases medias de esa Pampa argentina.
¿Por qué?
En primer lugar, porque son los grupos sociales que necesitarían de políticas como las que propone el peronismo; la cúpula empresaria no lo necesita, más bien al contrario. Caeríamos de vuelta en espejar los argumentos de esa cúpula empresaria de que se trata de entenderse en una mesa. Una parte serán instancias de diálogo, pero hay cuestiones distributivas respecto a la renta, la tierra y todos los efectos colaterales del desarrollo de los agronegocios que dependen de medidas que reequilibren las cosas beneficiando a los que hasta ahora se han perjudicado. A los que ostentan los privilegios y las ganancias de este esquema no les va a caer bien. La pregunta es qué fuerza social va a tener el campo nacional y popular para reequilibrar las cuentas en términos económicos, políticos y ambientales si no se conecta con los trabajadores que tienen laburos intermitentes, precarios, que cobran poco, que no ven a la familia; con los peones que no le pueden comprar ropa a los pibes, que no pueden salir durante una semana por los caminos embarrados; con los chicos que no van a la escuela porque les queda lejos. ¿Cómo conectar con los que quisieran tener un espacio para realizar deportes, desarrollar algún talento musical y demás en ese interior pampeano donde no todo es economía ni todo es el rinde de la soja? Cuando hablamos de quién es el campo argentino, es una integralidad muy compleja que no es solamente económica. Me parece fundamental que reconectemos con eso. También allí hay militancias locales: militancias de maestros rurales, de médicos, militantes culturales con las que creo que se podría dar un encuentro interesante para desarrollar una fuerza social que no recree a futuro un cruce innecesario entre el campo nacional popular y buena parte de las mayorías populares del interior pampeano. Hay que tejer un nuevo tipo de alianza entre las clases populares del mundo urbano y reconectar con las clases populares y los grupos postergados de la Pampa argentina.
¿Y a nivel gubernamental?
Creo que se podría ayudar a reequilibrar muchas de estas cuentas y, al mismo tiempo, transformar ese crecimiento económico y tecnológico de los últimos años en verdadero desarrollo. Es inconcebible que en la Pampa argentina no haya autopistas, caminos, escuelas, desagües o atención de salud apropiada. Eso no lo asegura el "derrame" de la renta agraria a través de sus circuitos privados; eso lo debe garantizar un Estado que tenga como horizonte los intereses de las clases populares, tanto en el campo como en la ciudad, y construir una Pampa donde vivir sea más deseable que ahora: en contacto con la naturaleza, con una comunidad próspera, donde el trabajo rural no sea sinónimo de postergación, aislamiento o soledad, sino de una vida feliz en igualdad de condiciones con las ciudades.